26 septiembre 2015

Confesión

No te esperaba.

Llegaste sin avisar, un plácido y extraño a la par día de primavera. Cientos de historias, antiguas y nuevas, cruzaban el hervidero de mi olla a presión. En mi cabeza no había sitio para la más mínima sorpresa. No quería que lo hubiera, tampoco. Desde hace mucho tiempo, las sorpresas nunca han sido buenas.

De repente, sonó el timbre. Un ring corto, tímido, apagado. Un ring casi desapercibido. Miré hacia la puerta, Me quedé en silencio, esperando se tratara de una equivocación. Pasaron los segundos... silencio. Bien, pensé. No tengo ganas de visitas. Nunca las tengo. Las visitas, como las sorpresas, a menudo son molestas. Giré mis pies hacia el salón, dispuesto a seguir con mis historias, antiguas y nuevas. De repente, otro ring. Esta vez un poco más largo, un poco menos tímido, un poco menos apagado. Con sigilo, me acerqué hasta la mirilla. Miré por un lateral, para que no se apreciara desde fuera mi ojo espía. Nada. Nadie. Extraño. Pero mejor. Se habrán equivocado, pensé. Sí. Sólo eso, y nada más... amigo cuervo. Sentado por fín en el acaparador, prendí la televisión dispuesto a quedar en coma cerebral durante unas horas. Cerré por instinto de supervivencia los ojos, y un agradable y profundo sopor me prometió descanso, por fin. Por fin.

Así quedé largo tiempo, sumergido en un mar de ensoñaciones, que a la postre son lo más parecido al paraíso en la tierra. Una sonrisa comenzó a doblar la esquina de mi boca... hasta que un ring mucho más largo, mucho más insistente, mucho más audible, me despertó. Un ring que no parecía querer parar nunca, un ring que me taladraba la sien. Me levanté, sobresaltado, con una mezcla de ira y temor ante la desagradable y desconocida incidencia. Tomé aire y con decisión abrí la puerta. No recuerdo ya si era de día o era de noche. Sólo sé que una luz brillante me deslumbró, y una oscuridad heladora me abrigó a la vez. Alli estabas tú. Llamando a mi hogar. Tozuda. Cabezona. Deliciosa.

Allí estabas tú, con tu cara angelical y tu maletita rosa, de pie ante mi puerta, pidiéndome pasar. Aún no me he recuperado de la impresión. Ante mí estabas tú. La persona más deseada y olvidada de mi vida. La persona más ansiada e inoportuna. Caprichosa. Valiente. Independiente. Deliciosa. No viniste cuando te llamé. No acudiste a mi vida cuando te lo pedí. No quisiste, o no pudiste. Las dos cosas, quizá. El caso es que llegaste ahora, justo cuando menos te esperaba, cuando menos podías. Cuando menos podía.

Pasamos días hablando. Te conté que ahora era tarde. Que no era el momento. Que no había sitio en mi vida para tí. Te conté que mi casa era pequeña, que tu habitación no estaba preparada, que ya no había hueco para tí. Y me conté que ahora era tarde. Que no era el momento. Que no había sitio en mi vida, ni en mi casa, para tí. Te conté muchas verdades. Me conté muchas mentiras. Y a tí alguna también. Porque, pase lo que pase, estés donde estés, siempre habrá un hueco en mi alma para tí. No te lo dije entonces. No te lo dije cuando conseguí convencerte para que salieras de mi casa; cuando te abracé tímidamente mientras te despedía para que sufrieras lo menos posible. No te lo dije cuando te ví desaparecer en el horizonte de cemento y alquitrán, arrastrando tu maletita rosa llena de sueños rotos. Tampoco quise decirmelo a mí mismo. Así era más fácil. En teoría. Soy un ser que se conoce perfectamente a sí mismo. Que sabe lo que siente mientras se dice que no lo está sintiendo. Pero hay que guardar las formas. La actitud, dicen, crea la realidad...Una realidad ficticia. Como las mentiras.

No pierdo la esperanza de volver a verte algún día. De volver a abrazarte. De tomar tu cara entre mis manos y besarte dulcemente los labios. En ese momento, mucho tiempo después, espero seas capaz de perdonarme. Porque, que no lo sepa nadie, pero... te quiero. Y te echo de menos. Como te he echado de menos siempre. Y con el dolor de saber que te cerré las puertas de mi existencia, por las causas que fueran, da igual, he de vivir hasta entonces. Te quiero. Te quiero...