20 febrero 2012

Avancemos

Caminaba sin conciencia de caminar. Sus pies se anticipaban a una mente ausente, dormida, recluida en una celda acolchada pero fría. En la calle las luces apenas iluminaban unos pasos erráticos, mientras a lo lejos el sonido del camión de la basura se convertía en una sucia metáfora de lo más apropiada a la vez que cruel. Su mirada, perdida, lo abarcaba todo sin ver nada. Blanco y negro en un paisaje de luces y sombras, de brumas y vientos.

El peinado despeinado comenzó a hacer más honor al adjetivo que a la sustancia, mientras leves gotas de lluvia acentuaban el desaliño de quien siempre gustó de cuidar su perfecta apariencia de descuidado caballero galán. No importaba mucho. En ese momento no había nadie. Las aceras estaban tan vacías que ni él mismo estaba. Curiosamente se sentía tranquilo, más de lo que estuvo en mucho tiempo. Su soledad puntual le otorgaba la libertad de poder estar mal sin dar explicaciones; de poder penar o llorar sin pedir disculpas añadidas. Qué placer, el sufrir a gusto…

Sus pies se detuvieron instintivamente. Alzó la vista. En el acto reconoció el portal. Muchos años entrando y saliendo de su hogar infantil, de su querido refugio adolescente, del rincón testigo de sus primeros actos de amor furtivos y cronometrados, pendientes siempre del ascensor y del sonido de la llave de la luz. Sonrió. Sus ojos se humedecieron levemente. Recostado sobre la puerta de entrada, esperó pacientemente a que algún vecino entrara o saliera a tirar la basura. Saludó cortésmente, mientras sujetaba la pesada forja permitiendo el paso a ese ser con bata y pantuflas que corría hacia el ascensor, como si dentro del portal la lluvia le persiguiera.

Esperó unos segundos. Entró. Llamó al elevador y montó en él. Pulsó el número diez. Se sintió extraño. Pocas veces había subido tan alto… casi incluso metafóricamente. Salió y cerró la puerta con sumo cuidado, para no hacer ruido. Giró a la izquierda, y comenzó a subir los contados escalones que daban a la puerta del tejadillo. Tenía la esperanza de que no hubieran arreglado la cerradura, rota repetidamente por los indigentes que encontraban en el casetillo de la sala de máquinas del ascensor apropiado refugio para sus sueños y quehaceres. Así era. Su corazón se relajó, agradecido. Todo iba bien. Sorteó con una zancada el cuerpo borracho y las jeriguillas al lado de la entrada y accedió al exterior. Era la primera vez que lo hacía. Se sintió raro caminando sobre las tejas y los parches, los excrementos de las palomas y los despojos que el aire en su albedrío había llevado hasta el lugar. Raro, pero fascinado. El espectáculo desde allí era embriagador. Agarrado a la chimenea, pudo contemplar cómo la ciudad se extendía bajo sus pies. Un montón de callejuelas iluminadas levemente con lucecitas anaranjadas bordeando tejados anárquicamente dispuestos hasta el cercano horizonte. Paró unos minutos, disfrutando de la emoción del momento. Se sentía afortunado. Feliz. Único. Cerró los ojos por un instante y respiró profundamente. Qué bien olía la lluvia sobre el tejado. Qué paz, por fin. Qué sensación tan maravillosa…

Abrió los ojos. Había llegado el momento. Sacó su móvil del bolsillo y buscó una foto. La besó con cariño. Buscó otra foto. La volvió a besar, con idéntico sentimiento. Miró una tercera foto. La acarició con el dedo. Cerró la tapa, guardando cuidadosamente el aparato en el bolsillo delantero del pantalón. Caminó unos pasos hasta el pequeño muro que delimitaba la techumbre. Subió a él con cuidado de no resbalar. Miró a lo lejos, conservando en su retina la preciosa estampa. Respiró. Llenó de aire sus pulmones y abrió los brazos en cruz. Un último acto de valentía. Ya. Se dejó caer, como el jesuita crucificado en las cataratas de Iguazú. Mientras tomaba velocidad se sintió levemente decepcionado. Esperaba que toda su vida pasara por delante de él, como siempre se ha dicho. Pero ni eso era perfecto. Sólo sintió frío, el de la lluvia atravesada raudamente por la celeridad de la caída. Frío, y la melodía que le había acompañado hasta allí. Bien, al menos eso sí era como tenía que ser. Que el último sonido que oyera fuera el de la música, que se la llevará allá donde fuera a parar y morara eternamente a su lado. Cerró los ojos, ante la proximidad del impacto. La velocidad era vertiginosa, o eso le parecía. No obstante, estaba tardando demasiado en estrellarse. Debería haber ocurrido hacía ya tiempo. Algo no iba bien. Quizá lo había soñado. Quizá no se había precipitado al vacío, y todo simplemente era producto de los desvaríos de su cansada imaginación. ¿Por qué utilizaban siempre esa expresión? Caer al vacío… El vacío sólo existe en el espacio, y en algunos laboratorios específicos. En la tierra hay siempre oxigeno, amén de infinidad de partículas en cualquier formulación posible… No tenía sentido. Abrió los ojos. En ese momento la música dejó de sonar. Un sonido brutal inundó su cerebro. Un crujido desgarrador a un volumen inimaginable retumbando en su cavidad craneal que no acababa nunca de desvanecerse. La luz se apagó. El crujido, no…


Y así, entre picos y llanuras, rayos de sol y brumas nocturnas, se filtra la vida, decantándose entre freáticas ilusiones embarradas, mientras soñamos, acaso, que soñamos el sueño de un sueño de esperanza... La muerte no es una opción. Quedarnos quietos, la nada. Avancemos, aunque no sepamos hacia dónde. Que el destino nos encuentre allá donde nos aguarde. Nos buscas? Allá vamos, cobarde. Allá vamos. Y tendrás que rendirnos cuentas. Seremos implacables..."

02 febrero 2012

¿Y si...?

Vamos por la vida con una convicción, la de que somos los dueños de nuestro destino. Creemos que mandamos, que tenemos el poder. Que podemos decidir hacia dónde dirigirnos. Que nada ni nadie puede separarnos del camino elegido. Nos inflamos de ego, nos rodeamos de brillante aura y desprendemos infulas de grandeza y autosuficiencia. Pero... ¿y si no fuera así?  ¿Y si en realidad tal convicción no fuera sino una triste, patética fantasía? ¿Y si nuestro libre albedrío no fuera ni una cosa ni la otra? ¿Y si tal consistiera únicamente en poder elegir uno de entre decenas de vericuetos que llevan igualmente al mismo final?

A veces un rayo de luz ilumina nuestra oscuridad. A veces un sol cegador clarea nuestras sombras cuasieternas, justo cuando pensábamos que viviríamos en la penumbra perpetua, que nunca encontraríamos un haz fotónico entre los resquicios de las petreas paredes de nuestra platónica cueva. Pero... ¿y si ese rayo de luz no fuera más que el brillo de una luciérnaga? ¿Y si ese sol cegador simplemente fuera el engañoso fulgor de una piedra contra otra al chocar? ¿O la chispa de una cerilla defectuosa y gastada?

Y volvemos a creer. Volvemos a confiar. Desenterramos las siete llaves de nuestra cajita, abrimos puertas y ventanas para ventilar la estancia interior, para que el aire corra y se lleve el olor a moho y humedad, para que el corazón respire y disfrute del tibio calor del astro rey. Y poco a poco volvemos a latir. Y poco a poco nuestra sangre vuelve a fluir, al tiempo que las lágrimas vuelven a generarse y humedecer, siquiera de emoción, nuestros cansados y resecos ojos. Volvemos a vivir. Más aún: a sentir que vivimos. Pero... ¿y si en lo que creemos es sólo una ficción? ¿Y si la persona en quien confiamos nos deja de lado justo cuando más necesitamos de ella? ¿Y si sentimos su abandono como la más alta traición, como un arpón que atraviesa nuestro pecho? ¿Qué hacemos entonces? ¿Qué podemos hacer? ¿Qué hacemos con nuestro amor, con nuestra esperanza, con nuestra pasión? ¿Qué hacemos con nuestras ilusiones, con nuestros planes de vida, con las dulces lágrimas de emoción que se vuelven amargas? ¿Qué hacemos con ese lado de la cama, ahora vacío? ¿Qué hacemos sin nuestro hueco?

Sentimos que nada de lo que hemos hecho ha servido para algo. Que nuestra dedicación, nuestra entrega, nuestra preocupación constante, nuestra voluntaria exclusividad, todo, ha sido burlado. Que las palabras vertidas hacia nuestros oídos han sido simplemente bellos pero mentirosos, o tal vez sólo ingenuos sonidos. Que "siempre", "nunca", ´"jamás" y "todo" son únicamente adverbios retóricos fruto de la emoción del momento, pero vacíos de contenido en cuanto surge la ocasión de contrastarlos y enfrentarlos a la realidad cotidiana. Y pensamos que somos personas de palabra, que no decimos nada por decir, y no entendemos por qué la otra persona no es así. Por qué el amor, tanto amor, no conlleva capacidad de sacrificio y, sobre todo, humildad y lucha. Lucha eterna por aquel a quien quieres. Por aquel por quien mueres. Y nos sentimos humillados, engañados, derrotados una vez más. Creíamos que el amor entre un hombre y una mujer existía en realidad. Pero... ¿y si no es verdad? ¿Y si tan sólo el amor entre un padre y un hijo es el verdaderamente único y (no siempre) desinteresado? ¿Y si las personas que buscamos algo más en la vida que estar, sino más bien SER, estamos condenadas a sufrir, a la soledad, a la marginación? ¿Y si el amor, el concepto clásico del amor, el AMOR... no existe? ¿Y si tan sólo de pensar esta hipótesis mis dedos tiemblan y mis ojos se humedecen, una vez más? ¿Y si.... todo hubiera sido un mal sueño? ¿Y si Calderón por una vez sentenciara en mi favor? ¿Y si...?