04 octubre 2012

La Mirada de los Delfines (II)

El hotel dispone de tres piscinas descubiertas. La grande, rectangular y de masas. Una mediana, de seis lados y destinada al personal de habilidad o actividad intermedia, con un anexo lateral de la misma forma pero inferior, para que los bebés puedan iniciar sus chapoteos bajo la atenta mirada –o no- de sus progenitores. Y una pequeña y bonita pista de juegos infantiles con su fuente cascada, toboganes y legos gigantes, justo a continuación de la piscina climatizada. Pleno julio, más de treinta grados a la sombra, y el alma de la fiesta es un recinto cerrado de agua incómodamente cálida…

Desconozco el motivo; el caso es que una tarde mi piscina (la intermedia) fue invadida por un nutrido grupo de afectados por el síndrome de Down. Uno, que se precia de tener cierto nivel intelectual y cultural, de estar por encima de consideraciones y prejuicios mundanos, no puede por menos que reconocer su desconcierto inicial ante tal aglomeración. Los clichés siempre están ahí: a ver cómo se desenvuelven en el agua; ya verás tú qué número con la gente; cómo reaccionarán en un entorno en el que todos estamos semidesnudos… La vida, afortunadamente, a veces te da collejas bien venidas, y te sirven para aprender y flagelar el ego. Para mí, su mundo es un misterio. Desconozco –y me fascina a la par- cómo sienten, cómo aman, cómo se ven a sí mismos y en comparación con el resto… aunque, a tenor de lo visto, no parecen sentirse precisamente outsiders… Hubiera estado bien grabar un reportaje y pasarlo por las escuelas y los hogares en prime time: qué manera de nadar, señora mía; qué técnica; qué velocidad, resistencia, cuasi-profesionalidad... Impresionante. Los “normales” mirábamos de reojo embobados,  guardando reverencial silencio y tragandonos con cierta humillación nuestra pacata mochilita de señoriales ideas preconcebidas…

Mientras tanto, en un rinconcito, sumergidos junto a sus compañeros y a años luz de ellos, ajenos al show olímpico, participantes y público, se esconde una hermosa parejita. Él gira a su alrededor como una polilla alrededor de una bombilla; ella le mira con ojos dulces, sonriendo condescendiente ante las gracias que su galán ejecuta para ella con la mayor entrega. Él baila; ella mira. Él habla; ella escucha. Él hace el payaso; ella, esbozando una cariñosa mueca, le dice con sus ojos: “te quiero, tontorrón”. Él es la luna; ella, el sol. Él aprovecha la menor ocasión para rozar su piel con la yema de sus dedos; ella, entre tiernas aguadillas, se deja querer. Y siento envidia. Flotan en el espacio, ajenos del resto del mundo. Todo a su alrededor vocea y ríe, se mueve y agita. No existe otra cosa que ellos mismos, que sus ganas de abrazarse, que su necesidad de estar al lado, sentir la vibración de las energías de sus auras entrelazadas. Su necesidad recíproca de existir… Yo quiero ser tan normal como cualquiera de ellos…