Cosas que ya no podré decirte...
Me gustan las noches a tu lado.
Los bailes de salón cuando, sin esperarlo, te tomo de la mano y te levanto de la mesa, y bailamos piel con piel sobre una baldosa, mientras consigo llevarte a duras penas. Siempre tan libre, hasta en eso.
Las cenas al calor del vino y al abrigo de las velas, mientras -por fin- hablamos de cualquier cosa. De tantas cosas. Quizá sea la combinación de todos los elementos, o simplemente la relajación mental que produce el ocaso, pero en esa hora bruja sale todo. Sale solo. Sale fácil. Sale. Bien.
La post-cena, cuando los ojos se te cierran mientras, tozuda, te empeñas en negarlo. Un día te grabaré, y también lo negarás. Esas pequeñas y continuas obstinaciones que suponen un reto a mi lógica empírica y racional. Tu cabeza apoyada en mis piernas y tu respiración que se vuelve profunda, inalterable, quieta, en tanto te quedas dormida sobre ellas después de haber conseguido que ponga en la tele aquello que tan poco me gusta.
La post-cena, cuando la pasión puede al cansancio y nos dan las tantas y tantas, amándonos hasta el último poro de nuestro ser.
El momento de acostarnos, cuando te subo en brazos por la escalera hasta depositarte suavemente -o no- sobre el lecho para amarnos y volver y no dormir y no parar. De amarnos. Hasta que la ténue luz de la alborada se cuela por las rendijas de la persiana y la felicidad se vuelve angustia, sabiendo que poco queda ya hasta que te vayas. Si pudiera parar el tiempo entonces, mientras apoyas tu cabeza sobre mi pecho y aparto tu pelo de la cara, y te rodeo con mi brazo apoyando inmóvil la mano en tu piel, absorbiendo mis huellas tu esencia derramada...
Me gustan las noches. A tu lado.
