Se levantó decidido. Esta vez sí, se decía. Esta vez lo haré.
Nunca le habían gustado los uniformes, especialmente los de los supermercados. Pensaba que era estrategia comercial, que lo hacían adrede, con la intención de que ningún cliente se fijara en el personal y sí en los productos, evitando así confundir unos con otros. Debía ser por eso, sí. Si no, no se entendía la desidia estética a la que siempre sometían a las pobres que trabajan en esos sitios. Sin embargo, en ella se veía distinto. Todo era distinto. Quizá por su elegancia. A lo mejor por su pelo. El chaleco distintivo, tal vez... Pero ella se veía preciosa.
Llevaba varios días intentando coincidir, haciéndose el encontradizo, buscándola por los pasillos. Llenando su cesta de productos innecesarios e innecesariamente caros con el único objetivo de no parecer demasiado evidente que lo que quería obtener no se conseguía con una tarjeta de crédito. Llevaba varios días, decía. Varios días que comenzaban cuando se acostaba y terminaban al salir del supermercado, con las bolsas llenas y el alma vacía.
Esta vez sí. Esta vez sería distinto. La buscaría, como cada vez, entre los pasillos y estanterías. Y la encontraría justo donde la primera vez. Donde estaba cuando aquella tarde le preguntó por el ladrón de manzanas. Ella le había mirado como a cualquier otro cliente, sin más. Pero en sus ojos le había parecido ver algo que ya no recordaba: transparencia. Una simple mirada le había bastado para saber, en ese preciso momento, que si lo pretendía, podía leer todo su interior.
Mientras se cepillaba las canas una y otra vez, distribuyendo estrategicamente la gomina y el vapor de colonia, se decía que ésta vez sí. Se acercaría a ella con decisión. Se pararía a su lado, justo a sus espaldas, y esperaría paciente a que se diera la vuelta para mirarla dulce y profundamente, para decirle: Que apaguen las luces! Que me dejen ciego! No necesito mis ojos. La luz de tu sonrisa iluminará mi vida! Su sonrisa.... No recordaba una mueca tan bonita! Fue precisamente lo que le enamoró aquel día, poco tiempo después de aquella primera vez. Paseaba de nuevo por el mismo pasillo de entonces. Ella estaba agachada, colocando género en las estanterías. Él ni siquiera la había visto. Pero algo hizo que se girara instintivamente. Sus ojos se cruzaron fugazmente, y fue entonces cuando le regaló la sonrisa más hermosa y brillante que jamás había visto. En ese momento supo que era ella. Su corazón dio varias vueltas de campana impidiendo que pudiera siquiera balbucear sonido alguno. Como un niño al que su amor secreto del colegio se dirige a él para pedirle las pinturas, así se sintió él. Y así de idiota reaccionó. Le hubiera gustado saludarla. Hablarle. Iniciar una conversación, por mínima que fuera. En lugar de eso siguió hacia adelante mientras maldecía su estúpida timidez. A medio camino hasta el final del pasillo se dio la vuelta. Ella estaba mirando. Siguió unos pasos más. Volvió a girarse. Ella también. Llegó hasta el final del pasillo y se quedo estático, mirándola. Ella... también. Y se fue. Se fue, sin darse cuenta de que en aquel lugar angosto, entre cervezas y doritos, se había olvidado su alma, prendida de la acreditación en su chaleco...

Pero esta vez sí. Esta vez sería distinto. Esta vez la vería. Coincidiría con ella. Y se atrevería. Esa mañana se acercaría y le diría: tú serás mi mejor regalo de cumpleaños. Decidido, se acercó hasta el súper. No cogió carro. No cogió cesta. Lo que iba a buscar era tan grande que no había cesta ni carro que pudiera albergarlo, y tan pequeño y delicado que cabía en el bolsillo interior de su pecho. Entró con paso firme. Se dirigió tembloroso y emocionado hacia su pasillo. Ella estaría allí, esperándole como si el cielo la hubiera colocado en ese lugar diciéndole: Éste es tu sitio. Se acercó despacio, saboreando los prolegómenos del deseado momento. Con cuidado asomó la cabeza, el corazón antes que el cuerpo: allí... no estaba. Esperó un poco, inmóvil. Quizá estaba en algún pasillo aledaño. En el de la izquierda no. En el de la derecha, tampoco. Detergentes, carnes, dulces, leche, fruta, congelados, menaje, refrigerados... Se recorrió todas las secciones, una a una, varias veces. Pero ella no estaba. Su intuición había fallado, una vez más. Enfiló el camino hacia la salida, desolado, triste, abatido... La cabeza gacha, la mirada perdida, tan perdida, tanto... que no vio que se cruzó con ella hasta que se la encontró de frente. Otro vuelco más. Taquicardia, hipertensión... Esto sumaba años, sin duda. Todos de golpe. Todo pasó rápido, fugaz, inesperado. Tantos días deseando ese momento, tantas noches imaginando tenerla ante sí, las palabras, la mirada, la actitud... Y ahí estaba. Frente a frente. Por fin. Tantas ganas de abordarla, y al cruzarse la mirada... bajó la suya, tímidamente. Estúpidamente. Infantilmente. Giró y tomó la salida, maldiciéndose de nuevo, lamentando su idiocia, su pequeñez. Su infinita estupidez.Antes de salir, paró. Se giró. La miró. Allí estaba ella... mirándole. Continúo caminando y se dirigió hacia la calle, notando que llevaba algo pegado a la suela del zapato. Era su corazón, deshilachado del roce con el suelo de su cobardía.
La locutora sonrió. No abandones. Merece la pena intentarlo. Quizá tengas el amor esperando entre las bebidas espiritosas y la cocacola zero... Nos lo contarás? No tardes en llamar. Dinos su reacción cuando se lo digas. Cuando le digas que una sonrisa suya ha vuelo a hacerte soñar, después de tanto tiempo. Llámanos, de acuerdo?
NO. La locutora quedó en silencio. Había decidido no intentar nada. No decirle nada. No confesarle nada. No quería arriesgarse a perder lo que aún no tenía. A veces el amor, cuando lo encuentras, cuando consigue que te emociones de nuevo, que te convierta en niño como ayer, cuando te hace soñar, ilusionar, imaginar planes, abrazos, anhelos... cuando es algo tan, tan bello y puro... debe seguir siendo así. Lo único capaz de matar el sueño es la realidad. Y él quería soñar...