25 diciembre 2023

Regalos que no cuestan nada











Un beso labio cara, labio labio

Un beso de verdad

Un abrazo sincero

Una sonrisa cómplice

Un te echaba de menos

Un cuantos años hace

Y sin embargo

Un el otro día viendo aquello

Un me acuerdo de ti

Un Lo sé, Lo siento

Un mensaje con un

Yo también te recuerdo

A pesar de los siglos

A pesar de los tiempos

Regalos que lo dicen todo

Regalos que no cuestan nada

Regalos que valen mucho

Regalos que lo valen. Todo.

Todos.

11 noviembre 2023

November Mist

 











Una vez leí una frase que rezaba (+-) así:

 "Deberíamos tener el cerebro en el pecho y el corazón en la cabeza; así pensaríamos con el corazón y amaríamos con el cerebro". Demoledora.

Suele suceder que cuando más intensamente creemos amar es cuando menos dura la relación. Eso es porque no pensamos. Sólo sentimos. Si lo hiciéramos, nos daríamos cuenta de que en esas circunstancias no nos enamoramos de la persona, entre otras cosas porque no la conocemos. Nos enamoramos de una imagen, de una fantasía, de una percepción sesgada bañada de romanticismo e idealidad. Y en cuanto pasan los primeros meses, en ocasiones años -dependiendo de la emocionalidad, del deseo, de la magia autoinfligida -todo se va al traste. O al trasto. Porque empiezas a ver a la persona que hay detrás; y cuando la realidad comienza a mellar el romanticismo más obstinado, finalmente la torre se viene abajo. Y con ella muchas otras cosas.

A veces, pasado el tiempo, creemos echarla de menos, cuando no hacemos sino añorar la meliflua fantasía de vida que creamos sobre sus pilares. Bajo sus pies.

Hay otros amores, sin embargo, que se fueron construyendo poco a poco. Cuyos cimientos recíprocamente se asentaron sobre los defectos del otro, a pesar de la pasión, el afecto y finalmente amor. Un amor que, en su totalidad, a veces llega tarde y que en el recuerdo temprano queda oculto por el barro que te salpicó durante años. Son relaciones, sin embargo, mantenidas y luchadas con tesón e insistencia, aunque pareciera estúpido por ello cada vez. Esas, cuando acabadas ya se recuerdan, se hace con agrias dosis de realidad, pero también con sentimiento, con convicción de que siempre se pudo haber vuelto a intentar. Más. Mejor.

Dos relaciones. Dos formas, entre otras muchas, radicalmente opuestas. De sentir. De vivir. De existir.

Llegarán las nieblas. Dónde están las nieblas?

31 octubre 2023

Aguaceros


 

 

 

 

 


 No hay sueño que resista la prueba del tiempo. 

Livianos, por definición, son zarandeados por los vientos de otoño, arrancados de lo probable como hojas ocres de los árboles centenarios de un paseo lluvioso entre puentes.

Ahogados por la fuerza incontrolable de las aguas de la realidad, inmisericorde con las fantasías impúberes que no soportan un triste invierno. O varios.

De ellos sólo quedan hilillos de recuerdos adornados de nostalgia, sujetos a las verjas de lo profundo a duras penas por el candado de la añoranza de lo que, tantas veces, nunca fue.

17 septiembre 2023

Llaves









Pegar portazos no es lo mismo que cerrar puertas.

Hay sucesos que siempre nos unirán a una casa, aunque hayamos tenido que abandonarla tantas veces. 

Hay mesas atadas eternamente a una silla, aunque hayamos comprado otras de brillantes colores y precios imposibles de asumir. Luz que ilumina y ciega a la par. Ergonomía imperfecta. Devolución inevitable.

Hay tiempos que no borran sentimientos de lugar, de pertenencia. De imposibles armonías que se daban un segundo y cuya vibración aún perdura.

Más viejos. Más sabios. 

Cerradura de doble llave. Oxidada ya. Difícil de abrir... quién sabe.

Más viejos. Más sabios. En eso consiste esta vida marrón.

23 agosto 2023

Agua








40 grados. A la sombra. El aire apenas se mueve y, de hacerlo, semeja al del interior de un horno cocinando un pastel. De carne.

Piscina. Un enjambre de cabezas y cuerpos dispares sumergidos en desigual geometría en un caldo turbio. Las duchas -las que funcionan- expulsan de su interior agua hirviendo. Lo cual explica la turbidez en la que sin más remedio me sumerjo.

La mitad de la piscina -la que no cubre- está atestada de gente que, sospechosamente, apenas se mueve. El resto del personal se distribuye estratégicamente en los laterales de la otra mitad apoyados, sentados, tumbados de cualquier forma y condición. Queda así un espacio prácticamente vacío en el que nadar, aunque despacio. Mi cuerpo no pide -ni puede, aunque quisiera - ejercicio. Simplemente avanzar suave, casi meciéndome, sumergiendo mi cabeza largo tiempo bajo ese líquido elemento cuyas tres propiedades quedan reducidas escasamente a una. Pero me vale. Mi terapia es hídrica, y me funciona. 

De vuelta a la toalla me siento un bicho raro al sujetar entre mis manos letras con cubierta y papel. Sólo alcanzo a ver a una mujer haciendo lo mismo, justo detrás de mí. Debe ser el área de lectura del recinto. Estoy de suerte.

Entre línea y párrafo levanto la vista. Observo. Pienso. Me siento raro. Poca gente será capaz de descubrir el corazón que se esconde tras una camiseta amarilla, la debilidad que oculta una sonrisa amplia alternándose con mirada altiva y gesto de cierta dureza. 

Vuelvo al agua. Recojo todo. Me apena y duele darme cuenta de cómo, de todas mis pertenencias, la única de la que estoy seguro que no van a robar es mi libro. 

Terapia hídrica de nuevo. A observar. A pensar. A sentirme raro. Tristemente raro.

Vuelvo a la toalla. Allí sigue mi libro. Por supuesto.

12 julio 2023

En amor


 

 

 

 

 

 

Acaba la riada. Las aguas finalmente vuelven a su cauce.  

Lógico. Predecible. Razonable.

Hay que ser feliz. Hacer lo posible para serlo. Cuando la aventura termina, toca trabajar para recuperar la vida, la estabilidad. La paz.

No entiendo el "o conmigo o con nadie". 

Que se consiga el perdón, la reconciliación. 

Que se transforme en amor.

05 junio 2023

Tormenta






Salgo a meditar sobre el eterno contencioso que parece tener la vida contra mí. Ese afán incesante en ponerme a prueba, en estirar al máximo mi aguante, en llegar al límite de mi fortaleza. Pareciera evidente su obsesión por destruirme. Una puta caja de Pandora de la que saca una tras otra piedras lacerantes para esconderlas en mi descalzo caminar. Una sucesión de trampas inagotable, que revientan mi integridad cuando pienso que por fin se han acabado. Pero no. Siempre hay una más. Y otra. Y otra. Más.

Dicen que de todo se aprende, que todo sufrimiento tiene su porqué y, más aún, su recompensa. Lo único que estoy aprendiendo es a hacer de goma mis límites, que no limitaciones. A aguantar en modo autómata. ¿Es esa la enseñanza? ¿Algunos hemos sido elegidos como sparring de no se sabe qué perversa deidad para enseñarnos que la vida consiste en no sentir? ¿En embadurnarse de una brea de nihilismo y desafectación? Qué triste destino el mío, pues. Y qué mal lo he hecho todo hasta ahora, pues.

No sé cuándo y cómo curarán las heridas, muy profundas, de mis pies. Pero tiemblo de pensar en la siguiente piedra. Poco queda por perder, ya. Y nada trivial.

En medio de mi anestesia autoimpuesta salgo a pasear bajo la tormenta. Las gotas me acarician hasta calarme. No corro. La humedad ligera y continua es lo más parecido a un abrazo que tengo. A mano. Así que me dejo acariciar por la bendita lluvia. Y aspiro el aroma embriagador a tierra mojada. Y en la madrugada salgo en pijama a mi jardín, a pesar del fresco de la noche. Sentado en mi sillón escucho en el silencio el crepitar de gotas sueltas cayendo de árboles y canalones. Y me besa mi nariz el perfume de mis rosas húmedas, de mi hierba verde y tierna. 

Cierro los ojos, embriago mis sentidos y pienso que a veces, sólo a veces, la vida aún puede ser maravillosa.

A la mañana, en ayuna emocional, me visto mis mejores galas impermeables y vuelvo, una vez más, a esperar el próximo golpe.

13 mayo 2023

Solos

Estamos solos.
No lo dudéis. Al final del día estamos absoluta e irremediablemente solos.

Nuestros amigos de toda la vida lo son, pero de toda "nuestra vida", entendido como tal la intersección breve de experiencias y minutos que compartimos. Más allá de eso y las palabras en distancia, el resto del tiempo es particular de cada uno. De sus problemas. De su situación. Y el concepto "de toda la vida" puede llegar a sustituirse por "para toda la vida... que me sobre". Y es lógico. Gracias, amigos. Por eso, al final del día, estamos solos.

Nuestros padres se van, de repente o poco a poco. Y es la peor forma. El languidecino tránsito hacia el olvido en vida, hacia la nada mental, hacia el vertiginoso vacío, es quizá el peor de los vericuetos hacia el adiós. A pesar de todo, y por momentos, son los únicos que siguen estando ahí, como fuere, como pudieren. Gracias, Papás. Pero el resto del día, y en la noche, estamos solos. Absoluta e irremediablemente solos.

Nuestros hijos, por quienes daríamos y damos la vida, se convierten en extraños en cuestión de horas. Los abrazos se desnudan de significado, contienen ausencia. Ellos, que tan llenos estaban de vida. Que tanto daban vida. Son etapas, y esta es la del adiós. La del espacio, la de mi tiempo, mis cosas, mi gente, mis pensamientos. Mi egoísmo. Mi, mí, mí. Lo que fuiste ya no eres. O, mejor dicho: lo que fuiste sigues siendo, pero no me acuerdo. Y no me lo recuerdes. Ya me daré cuenta -y esto es inevitable- cuando te necesite, y no estés. Cuando sea -inevitablemente- tarde.

Los amores. Los fugaces amores eternos, que decía Serrat. Intersección de todo lo anterior en una persona por la que algunos fuimos capaces de dar tanto. Y, como los amigos, no tuvieron tiempo. Como los padres, nos desvanecemos en su vacío, ya no somos nada. Como los hijos, a veces sus abrazos ya no son nada, y si ya no los tenemos, no se acuerdan, porque duele. O simplemente nunca existió un significado. Y si lo hizo, si existió, ya se darán cuenta -o no - cuando sea tarde. Inevitablemente tarde. O ni siquiera.

Y así, los que somos conscientes, sobrellevamos el día intentando olvidarlo. Se está bien así, a veces. Incluso rodeados de gente. Soledad acompañada. Pero al llegar la noche, algunas noches, martillea sin llamarlo nuestra alma el cincel de la lucidez, y nos damos cuenta, una vez más... de que estamos solos. Contextualmente solos. Conceptualmente. Solos. Abrumadoramente.

Solos.
 

20 febrero 2023

Carnaval









Carnaval.

Oficialización elegante o grotesca, según el pueblo, de la rutina humana diaria. 

La farsa dura todo el año. Unos nacen con doble cara. Otros se esfuerzan por tenerla. Y el resto, la mayoría, vive con la máscara puesta. Forma parte de su vestuario. Sale a la calle con un outfit que incluye de serie un ornamento más allá de lo facial, que tapa, esconde, disimula y pocas veces embellece lo que hay tras él. 

Así nadie conoce a nadie. Nadie sabe cómo está el otro, qué siente, sufre o piensa o duele o lamenta. Inexpresividad veneciana o carcajada gaditana, cada cual la suya. 

Obstinado ejercicio de ocultamiento, ora para aparentar, tal vez para protegerse. La cosa es no mostrar. Se. Y así las emociones se contienen, los sentimientos se pudren, los deseos se mueren. Dentro. Y la vida se les pasa recibiendo la frialdad enmascarada que, quizá sin pretenderlo, muestran al mundo. Y las ocasiones de ser felices se desvanecen por el miedo a sufrir, sin ser conscientes de ello.

 

26 enero 2023

Nebulosa

 








Una de las cosas que más me sorprende de mi cada vez más apasionado estudio del cerebro humano, en este intento obstinado de entender-me, es su capacidad para crear recuerdos que no existen, mejorar los que sí fueron e, incluso, añadirles sonidos y aromas.

Perfeccionar lo soñado y no cumplido, o incluso incrustar en nuestro hipocampo un chip imaginario con una película que no existió y con unos protagonistas que sí existieron, cuyo guión elaboramos minuciosamente aún sin ser conscientes.

Quizá no sea el cerebro. Quizá sea el corazón, con sus miles de neuronas -el corazón piensa, aunque poco... y mal-  empeñado en que no desaparezca en el espacio tiempo el universo que acaso él mismo creó...

No lo sé. La cuestión es que a veces soñamos tanto una ilusión que, tiempo después y por momentos, se recuerda real y cumplida, aunque sólo hayamos escrito un "hola" y un "adiós", con pequeños momentos memorables y otros grandes que mejor no hubieran sido. Y es que, en ocasiones, el sentimiento es tan profundo que cerrar el libro y dejarlo en el olvido, a pesar de lo malo que se pueda haber vivido, es trivializarlo. Hacerlo indigno. 

Por eso, saboreemos en el recuerdo la belleza -poca, mucha, la que fuera- y recordemos como ciertas las fantasías soñadas. Sólo así tan único derroche de emociones, una vez acabado todo, habrá tenido sentido. Y será perfecto, pues nadie podrá joderlo.

En un mundo con una existencia tan excretada necesitamos nuestro sancta-sanctorum de fantasía para alimentarnos de pequeñas chispas de ilusiones, mientras vomitamos tristes realidades y seguimos sintiéndonos estúpidos. 

Ad honorem.