05 junio 2023

Tormenta






Salgo a meditar sobre el eterno contencioso que parece tener la vida contra mí. Ese afán incesante en ponerme a prueba, en estirar al máximo mi aguante, en llegar al límite de mi fortaleza. Pareciera evidente su obsesión por destruirme. Una puta caja de Pandora de la que saca una tras otra piedras lacerantes para esconderlas en mi descalzo caminar. Una sucesión de trampas inagotable, que revientan mi integridad cuando pienso que por fin se han acabado. Pero no. Siempre hay una más. Y otra. Y otra. Más.

Dicen que de todo se aprende, que todo sufrimiento tiene su porqué y, más aún, su recompensa. Lo único que estoy aprendiendo es a hacer de goma mis límites, que no limitaciones. A aguantar en modo autómata. ¿Es esa la enseñanza? ¿Algunos hemos sido elegidos como sparring de no se sabe qué perversa deidad para enseñarnos que la vida consiste en no sentir? ¿En embadurnarse de una brea de nihilismo y desafectación? Qué triste destino el mío, pues. Y qué mal lo he hecho todo hasta ahora, pues.

No sé cuándo y cómo curarán las heridas, muy profundas, de mis pies. Pero tiemblo de pensar en la siguiente piedra. Poco queda por perder, ya. Y nada trivial.

En medio de mi anestesia autoimpuesta salgo a pasear bajo la tormenta. Las gotas me acarician hasta calarme. No corro. La humedad ligera y continua es lo más parecido a un abrazo que tengo. A mano. Así que me dejo acariciar por la bendita lluvia. Y aspiro el aroma embriagador a tierra mojada. Y en la madrugada salgo en pijama a mi jardín, a pesar del fresco de la noche. Sentado en mi sillón escucho en el silencio el crepitar de gotas sueltas cayendo de árboles y canalones. Y me besa mi nariz el perfume de mis rosas húmedas, de mi hierba verde y tierna. 

Cierro los ojos, embriago mis sentidos y pienso que a veces, sólo a veces, la vida aún puede ser maravillosa.

A la mañana, en ayuna emocional, me visto mis mejores galas impermeables y vuelvo, una vez más, a esperar el próximo golpe.

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