Hoy te ví pasar. Unos segundos, tan sólo. En mi coche me recordaban que todo lo que sube, baja. Te gustaba escucharlos, conmigo o sin mí. Aprendiste a apreciarlos, a amar su música. A amarme. Hubo de ser en ese preciso momento cuando aparecieras, tanto tiempo después. Yo iba cuatro carriles más allá, pero instintivamente algo me hizo mirar hacia tí. Como si de una metáfora siniestra del destino se tratase, apareciste en el punto más alejado de mí. En dirección contraria. Caminos opuestos. Yo iba. Tú venías. Tan sólo unos segundos. Y desapareciste.
Hoy te ví pasar. Unos segundos, tan sólo. Yo escuchaba el sonido de mi alma plasmado en música ajena, maravillosa, única. Algo me hizo mirar. Cuatro carriles más allá. Un bultito verde oscuro cruzó por la vía de servicio. Destino: el adiós. Pude verte. No has cambiado apenas. Esa camiseta clara que tan bien te sentaba. El pelo recogido -sabes que no me gusta demasiado- me dice, sin embargo, que continúas con tu cabello ligeramente largo. Me sorprendió. Siempre te imaginé con ese aire a Meg Ryan con el que te conocí. Estaba convencido de que sería lo primero que hicieras. Sin embargo lo tienes como la última vez. Tal vez a él le guste así, también. Una preocupación menos.
Hoy te ví pasar. No sé cómo ni por qué, pero tuve que mirar allí. Una parte de tí se ha quedado tan dentro que, desobediente, me llama una y otra vez. Me engaña, juega conmigo. No te deja ir. Tú, ajena, prosigues tu marcha. Fueron sólo unos segundos. Pero pude verte como si mi retina te hubiera fotografiado y revelado. Pude ver tu cara. Quizá conmigo no eras todo lo feliz que necesitabas. Yo tampoco. Lo sabes. Lo sabemos. Pero tu cara, hoy, casi año y medio después, no hablaba de paz. No hablaba de alegría. No hablaba de felicidad. Hablaba de cierta tristeza. De melancolía. De miedo, quizá. De miedo a encontrarme, como sucedió, y de verme. Ahí tuviste suerte.
No sé qué hacías aquí a esas horas, ni por qué estabas en esa carretera en ese momento. Sólo sé que mi corazón dió un vuelco. Que volví a buscar un bultito verde al comienzo de mi calle. Que volví a ponerme nervioso al escuchar un motor diésel. Que te esperé, como siempre. Que no viniste, como casi siempre.
Ven. Vete. Entra. Desaparece. Sal de una vez, recoge esa traviesa porción de tí que habita aún en mi interior, y llevatela lejos. Mátala. Aunque me quede hueco. Aunque sangre y escueza. Pero llévatela. Lejos. Lejos. Lejos... Ven. Vete. Entra...