Un espacio para mí, para escribir y, con ello, liberar mi alma en una catarsis de periodicidad aleatoria. Si, por casualidad, te encuentras con él... Bienvenid@
14 diciembre 2019
Viento
Hay momentos, en determinadas fechas, en los que el viento trae aromas del pasado. No hay que aspirar profundo. A menudo sólo arrastra mal olor.
19 noviembre 2019
On Line
A
veces se conecta un segundo. A veces una vida de infinidad de ellos.
Abre, cierra, enciende, apaga, sólo con el pueril ánimo de verla
conectada. Entonces, como un niño escondido tras la esquina, esperando
que pase su adorada por el otro lado de la vega, permanece con el chat
abierto hasta verla desaparecer. Y se va a casa con el desconsuelo de no
haberla mirado a los ojos y la emoción de su presencia, fugaz e
inconsistente, llenando de brisa perfumada de manzana verde el portal de
su hogar.
A veces se conecta un segundo. A veces infinidad de ellos, toda una vida. Y se queda agazapado, como un niño escondido tras su árbol favorito en el camino de vuelta de la escuela, observándola en línea en la pantalla. Y se va, y vuelve, y enciende y apaga y abre y cierra. A veces comienza a escribir un saludo de bienvenida, y no lo envía por coherencia. A veces le cuenta una anécdota, un malestar, una vivencia, como quien le habla a Dios sabiendo de las interferencias. Y no lo envía. Y lo cierra. Como un niño que furtivamente escribe una nota en una cuartilla sin firmar y la deja en su pupitre -en el de ella- y antes de que vuelva del recreo vuela nervioso y angustiado hasta su mesa para ver si la ha leído, con el ánimo cobarde de romperla y salvaguardar su dignidad maltrecha.
A veces se conecta. Se conecta un segundo y piensa... si acaso, como él, estará haciendo lo mismo. Ella.
21 octubre 2019
Delirios y llamas
Postrado en el sofá. Anclado a dos metros de tela. La fiebre
me aferra al suelo mientras mi cabeza da vueltas en círculos esbozados por un bebé. Fuego en la tele. Guerra en las
calles. Ayer. Anteayer. Hoy. Pesadilla propia del espejismo hipertérmico. No
acaba. No parece acabar. Nunca. No acabo de distinguir realidad y lo contrario.
Doy la vuelta como puedo y me pregunto cómo puede ser. Cómo se puede llegar a
un escenario de guerra. Cómo arde una ciudad asediada por jóvenes cobardes que
tapan su cara ante quien les protege y es atacado, y la muestran estúpidamente ante
las cámaras presumiendo de su retraso mental, de su tara emocional, de su
nihilismo vital. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿En qué ha fallado, en qué hemos
fallado la sociedad para que aquellos en cuyas manos está nuestro futuro
destruyan su hogar, luchen sin objetivo real contra personas como ellos, a los que
acorralan, rodean, intentan emboscar para que no tengan escapatoria y queden
atrapados a merced del fuego, las piedras, tornillos, ácido, machetes, bombas
caseras, sin importarles ni por un segundo que mueran fruto de tanta insensatez?
¿Cómo? ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo??
Pienso en esas pocas decenas de hombres y mujeres enviados a
una madriguera de lobos a luchar por la libertad y bienestar de un pueblo que
parece odiarles; pienso en esas pocas decenas de hombres y mujeres temblando de
miedo y dolor, saliendo por tercera noche de un furgón que más parece un ataúd
rodante, mientras les reciben con una lluvia de rencor, resentimiento, hedor y
muerte. Pienso en ellos, en lo que pensarán en esos momentos. En cómo se
sentirán sabiendo que enfrente, detrás, a los lados, tienen a seres –no me atrevo
a llamarles humanos- a los que no les importa no ya hacerles daño, sino
matarles por nada. Por nada. No hay ideales, utopías que se defiendan así, que
lo justifique. Nada. Por nada. Pienso en ellos, en lo que pensarán en esos
momentos en los que los suyos, los de arriba, los del sillón de piel, los de la
cena en restaurante de lujo, les mandan a una muerte más que posible y les
impiden siquiera defenderse, amparándose en una “justa proporcionalidad” que
significa, en la práctica, dejarse masacrar y, mientras te queman, acuchillan o
apedrean, mientras te apalean entre diez, defenderte únicamente dando golpes
con la porra por debajo de la cintura para no hacerles demasiado daño. Pienso
en ellos, en lo que pensarán de este país, de esta ley, de esta política, de
estos políticos que les ordenan defender hasta a quien les mata, y no tienen
quién les defienda a ellos.
Pienso en esas pocas decenas de hombres y mujeres enviados a
una madriguera de lobos a luchar por la libertad y bienestar de un pueblo que
parece odiarles; pienso en esas pocas decenas de hombres y mujeres temblando de
miedo y dolor, saliendo por tercera noche de un furgón que más parece un ataúd
rodante, mientras les reciben con una lluvia de rencor, resentimiento, hedor y
muerte. Pienso en ellos, en lo que pensarán en esos momentos. En cómo se
sentirán sabiendo que enfrente, detrás, a los lados, tienen a seres –no me atrevo
a llamarles humanos- a los que no les importa no ya hacerles daño, sino
matarles por nada. Por nada. No hay ideales, utopías que se defiendan así, que
lo justifique. Nada. Por nada. Pienso en ellos, en lo que pensarán en esos
momentos en los que los suyos, los de arriba, los del sillón de piel, los de la
cena en restaurante de lujo, les mandan a una muerte más que posible y les
impiden siquiera defenderse, amparándose en una “justa proporcionalidad” que
significa, en la práctica, dejarse masacrar y, mientras te queman, acuchillan o
apedrean, mientras te apalean entre diez, defenderte únicamente dando golpes
con la porra por debajo de la cintura para no hacerles demasiado daño. Pienso
en ellos, en lo que pensarán de este país, de esta ley, de esta política, de
estos políticos que les ordenan defender hasta a quien les mata, y no tienen
quién les defienda a ellos.
Mi fiebre crece. Mi cuerpo se descompone, cada vez más,
abrazado por un desasosiego infinito. Sólo espero dormir. Dormir, despertar y
descubrir que todo ha sido una alucinación producto de mi estado febril y
delirante. No quiero un mundo así. No quiero un país así. No quiero un futuro
así. Homo homini lupus. Ya quisiéramos ser lobos… Ya quisiéramos…
01 febrero 2019
Viaje
Una iglesia abarrotada abrigaba en respetuoso silencio el
desconsuelo tembloroso de la mujer, deshecha literalmente mientras su esposo llegaba
a los aledaños del altar, mecido por los hombros de sus dos hijos y varios
familiares.
Hace unos años la vida, el destino, quiso recompensar su
bonhomía con un hermoso cáncer. A veces esto no se entiende. O mejor dicho: a
veces, pocas, se entiende algo. Esto, en concreto, no. Tras mucho pelear, el
regalo se fue consumiendo. Había esperanza. Levantaba cabeza. Entonces llegó la
enfermedad de su suegra. Años marchitando cuerpo y mente hasta que no quedó más
remedio que ingresarla en una residencia. La mejor, por supuesto. Aunque no se
pudiera. La mejor. Ya no había que llevarla de vacaciones, pero daba igual. El supuesto
tiempo libre del que pudieran disponer lo pasaban, a veces a turnos, otras a la
par, mañana y tarde al lado de una mujer
cuyo carácter marcado de sus tiempos buenos se dejaba ver ahora sólo a veces,
en esos pequeños y contados momentos de lucidez con los que la Providencia les
regalaba. El resto del tiempo era un pajarico, encogida, con la mirada perdida, esbozando una sonrisa acompañada de cualquier palabra propia de una
niña de dos años. Y así hasta que hace un año se fue, batiendo alitas, más allá
de las nubes.
La familia, los amigos, están tejidos
por vínculos invisibles que poco tienen que ver a menudo con la cercanía en el
tiempo o la distancia. En mi casa, entendida tal en su más amplio concepto, llevamos a rajatabla la máxima tan castellana de “cada uno en la suya”. No nos sumamos a la falsedad de las
apariencias o los estándares. No somos de comidas sorpresa, de “aquí estoy de
nuevo”, de “mañana quedamos aquí, pasado allí y mira qué unidos estamos, pero
cuando te des la vuelta te la clavo”. Entendemos, vivimos la amistad y
el parentesco con respeto y deseo de intimidad y espacio. Pero sabemos que en
cuanto uno está mal, lo estaremos todos. Cuando alguien te necesita, no tiene que
pedirlo. Y nos duele como propio el mal del otro.
Yo llevo este axioma al extremo, en todos sus términos. Por eso
no pude dejar de estremecerme cuando el mayor, tras depositar con sumo cuidado
los restos ante La Soledad, se despidió de su padre con un tierno beso en la
caja, mientras rodaban sus lágrimas hasta gotear por su barbilla.
Era un buen hombre. Un hombre bueno. Había vivido por y
para su mujer y sus hijos, desde el principio de cada uno de ellos. Inseparables,
formaban una pareja de las de antes, y de las de verdad. Sus discusiones eran
mínimas y efímeras. Envidiables. Envidiable.
Tal era su entrega que había renunciado prácticamente a su
parcela propia. Desde el comienzo, cuidando a su suegro primero, a su suegra
después, como un hijo más, como su segundo hijo. Él la llevaba, la traía, la
acompañaba. La cuidaba. Hace muchos años compró una autocaravana para, ante la
ausencia de más posibles, llevar a toda la familia -suegra incluida, por supuesto- de vacaciones. Ni
eso tenía para él, para los dos. Y lo hacía no sólo con resignación, sino con
respeto, talante y amor. Y así todo. No hacía falta pedirle nada. Él ya te lo
daba. A cualquiera. Y a la familia, propia o política, más.
Hace unos años la vida, el destino, quiso recompensar su
bonhomía con un hermoso cáncer. A veces esto no se entiende. O mejor dicho: a
veces, pocas, se entiende algo. Esto, en concreto, no. Tras mucho pelear, el
regalo se fue consumiendo. Había esperanza. Levantaba cabeza. Entonces llegó la
enfermedad de su suegra. Años marchitando cuerpo y mente hasta que no quedó más
remedio que ingresarla en una residencia. La mejor, por supuesto. Aunque no se
pudiera. La mejor. Ya no había que llevarla de vacaciones, pero daba igual. El supuesto
tiempo libre del que pudieran disponer lo pasaban, a veces a turnos, otras a la
par, mañana y tarde al lado de una mujer
cuyo carácter marcado de sus tiempos buenos se dejaba ver ahora sólo a veces,
en esos pequeños y contados momentos de lucidez con los que la Providencia les
regalaba. El resto del tiempo era un pajarico, encogida, con la mirada perdida, esbozando una sonrisa acompañada de cualquier palabra propia de una
niña de dos años. Y así hasta que hace un año se fue, batiendo alitas, más allá
de las nubes.
“Ahora sí”, le decía a menudo a mi madre. “Lo que me quede,
lo voy a dedicar a disfrutar. Lo que me quede. Sobre todo a viajar. Vamos a
viajar todo lo que podamos, y a vivir. Que ya nos toca”. Eso decía. Eso quería.
No le dio tiempo. Esa vida que consumió para los demás, terminó consumiéndole a una edad demasiado
temprana. Espero que, allá donde esté, le cuiden, esta vez, a él.
La moraleja de todo esto es múltiple. Y clara. Pero no
aprendemos. Nunca.
27 enero 2019
Y el lobo dejó de aullar...
Y el lobo dejó de aullar a la luna...
Cansado de admirarla y cantar sus bondades
Cansado de acudir cada noche a su llamada
De pasar largas veladas de amor acariciándola desde su colina
Cansado de recitarle poemas de amor
De mostrar cada día su disponibilidad
Su deseo, su corazón
Y recibir de ella, si acaso fuera,
Ténues rayos de hermosa luz
Titilantes reflejos de su enorme interior
Pero tan distante, tan lejana...
Cansado de que sus momentos de pasión
Se desvanecieran al llegar el día
Cansado de que sus canciones
quedaran como lúgubre eco en la noche
flotando en el denso aire húmedo
del despertar.
Cansado de mostrarse para ella, de entregarse, de adorarla
Cansado de acariciar su cara, siempre pálida, siempre bella...
Pero fría. Gélida.
Cansado de esperar impaciente, caminando en círculos,
Que le mostrara su otra faz,
La que escondía para sí sola,
La que nunca pudo ver, la que nunca pudo disfrutar...
Cansado de que lo que le daba, le ofrecía,
Nunca fuera suficiente
Cansado de que, tras sus cantos, tras sus llantos de amor
Se desvaneciera tras la colina
Y sólo quedara oscuridad
Con los primeros rayos del día...
El lobo dejó de aullar a la luna...
Decidió, y así lo haría, ésta vez,
Resistirse al deseo, al recuerdo, a la necesidad
E intentar sobrevivir.
Quiso cantarle a las estrellas, al sol, a sus congéneres
Quiso aullarle a los planetas, a las nubes, al viento y los cometas
Pero su voz estaba muda. Estaba queda.
Siempre lo supuso, pero nunca lo creyó.
Tanto objeto de loa, tanta poesía por versar...
Se aisló de la manada. Consiguió disfrutar de los pájaros, las hojas,
el olor del romero y el rocío de la madrugada
Y fue aprendiendo a ser feliz, a ratos, a momentos,
Y a sobrevivir
Sin mirar al cielo en la noche clara
Sin mirar al cielo en la noche fría
Aunque de vez en cuando, sin quererlo,
Ve su reflejo sobre el agua de la charca,
En los ojos de los búhos, en el temblor de la hojarasca
Y no puede evitar dar un respingo en su interior
Mirar de reojo y desear, por un segundo,
La piel que tanto amó.
Pero no puede volver a subir al cerro,
y su canto, mudo y muerto,
ya no llena el bosque ni lo hará... nevermore...
El lobo dejó de aullar a la luna...
Cansado de admirarla y cantar sus bondades
Cansado de acudir cada noche a su llamada
De pasar largas veladas de amor acariciándola desde su colina
Cansado de recitarle poemas de amor
De mostrar cada día su disponibilidad
Su deseo, su corazón
Y recibir de ella, si acaso fuera,
Ténues rayos de hermosa luz
Titilantes reflejos de su enorme interior
Pero tan distante, tan lejana...
Cansado de que sus momentos de pasión
Se desvanecieran al llegar el día
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quedaran como lúgubre eco en la noche
flotando en el denso aire húmedo
del despertar.
Cansado de mostrarse para ella, de entregarse, de adorarla
Cansado de acariciar su cara, siempre pálida, siempre bella...
Pero fría. Gélida.
Cansado de esperar impaciente, caminando en círculos,
Que le mostrara su otra faz,
La que escondía para sí sola,
La que nunca pudo ver, la que nunca pudo disfrutar...
Cansado de que lo que le daba, le ofrecía,
Nunca fuera suficiente
Cansado de que, tras sus cantos, tras sus llantos de amor
Se desvaneciera tras la colina
Y sólo quedara oscuridad
Con los primeros rayos del día...
El lobo dejó de aullar a la luna...
Decidió, y así lo haría, ésta vez,
Resistirse al deseo, al recuerdo, a la necesidad
E intentar sobrevivir.
Quiso cantarle a las estrellas, al sol, a sus congéneres
Quiso aullarle a los planetas, a las nubes, al viento y los cometas
Pero su voz estaba muda. Estaba queda.
Siempre lo supuso, pero nunca lo creyó.
Tanto objeto de loa, tanta poesía por versar...
Se aisló de la manada. Consiguió disfrutar de los pájaros, las hojas,
el olor del romero y el rocío de la madrugada
Y fue aprendiendo a ser feliz, a ratos, a momentos,
Y a sobrevivir
Sin mirar al cielo en la noche clara
Sin mirar al cielo en la noche fría
Aunque de vez en cuando, sin quererlo,
Ve su reflejo sobre el agua de la charca,
En los ojos de los búhos, en el temblor de la hojarasca
Y no puede evitar dar un respingo en su interior
Mirar de reojo y desear, por un segundo,
La piel que tanto amó.
Pero no puede volver a subir al cerro,
y su canto, mudo y muerto,
ya no llena el bosque ni lo hará... nevermore...
El lobo dejó de aullar a la luna...
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