La familia, los amigos, están tejidos
por vínculos invisibles que poco tienen que ver a menudo con la cercanía en el
tiempo o la distancia. En mi casa, entendida tal en su más amplio concepto, llevamos a rajatabla la máxima tan castellana de “cada uno en la suya”. No nos sumamos a la falsedad de las
apariencias o los estándares. No somos de comidas sorpresa, de “aquí estoy de
nuevo”, de “mañana quedamos aquí, pasado allí y mira qué unidos estamos, pero
cuando te des la vuelta te la clavo”. Entendemos, vivimos la amistad y
el parentesco con respeto y deseo de intimidad y espacio. Pero sabemos que en
cuanto uno está mal, lo estaremos todos. Cuando alguien te necesita, no tiene que
pedirlo. Y nos duele como propio el mal del otro.
Yo llevo este axioma al extremo, en todos sus términos. Por eso
no pude dejar de estremecerme cuando el mayor, tras depositar con sumo cuidado
los restos ante La Soledad, se despidió de su padre con un tierno beso en la
caja, mientras rodaban sus lágrimas hasta gotear por su barbilla.
Era un buen hombre. Un hombre bueno. Había vivido por y
para su mujer y sus hijos, desde el principio de cada uno de ellos. Inseparables,
formaban una pareja de las de antes, y de las de verdad. Sus discusiones eran
mínimas y efímeras. Envidiables. Envidiable.
Tal era su entrega que había renunciado prácticamente a su
parcela propia. Desde el comienzo, cuidando a su suegro primero, a su suegra
después, como un hijo más, como su segundo hijo. Él la llevaba, la traía, la
acompañaba. La cuidaba. Hace muchos años compró una autocaravana para, ante la
ausencia de más posibles, llevar a toda la familia -suegra incluida, por supuesto- de vacaciones. Ni
eso tenía para él, para los dos. Y lo hacía no sólo con resignación, sino con
respeto, talante y amor. Y así todo. No hacía falta pedirle nada. Él ya te lo
daba. A cualquiera. Y a la familia, propia o política, más.
Hace unos años la vida, el destino, quiso recompensar su
bonhomía con un hermoso cáncer. A veces esto no se entiende. O mejor dicho: a
veces, pocas, se entiende algo. Esto, en concreto, no. Tras mucho pelear, el
regalo se fue consumiendo. Había esperanza. Levantaba cabeza. Entonces llegó la
enfermedad de su suegra. Años marchitando cuerpo y mente hasta que no quedó más
remedio que ingresarla en una residencia. La mejor, por supuesto. Aunque no se
pudiera. La mejor. Ya no había que llevarla de vacaciones, pero daba igual. El supuesto
tiempo libre del que pudieran disponer lo pasaban, a veces a turnos, otras a la
par, mañana y tarde al lado de una mujer
cuyo carácter marcado de sus tiempos buenos se dejaba ver ahora sólo a veces,
en esos pequeños y contados momentos de lucidez con los que la Providencia les
regalaba. El resto del tiempo era un pajarico, encogida, con la mirada perdida, esbozando una sonrisa acompañada de cualquier palabra propia de una
niña de dos años. Y así hasta que hace un año se fue, batiendo alitas, más allá
de las nubes.
“Ahora sí”, le decía a menudo a mi madre. “Lo que me quede,
lo voy a dedicar a disfrutar. Lo que me quede. Sobre todo a viajar. Vamos a
viajar todo lo que podamos, y a vivir. Que ya nos toca”. Eso decía. Eso quería.
No le dio tiempo. Esa vida que consumió para los demás, terminó consumiéndole a una edad demasiado
temprana. Espero que, allá donde esté, le cuiden, esta vez, a él.
La moraleja de todo esto es múltiple. Y clara. Pero no
aprendemos. Nunca.
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