21 septiembre 2009

Signo de los Tiempos (II)

Llevan toda una vida juntos. Han pasado por todas las vicisitudes y contratiempos que el destino les ha marcado. Y ahí siguen, el uno con el otro, el otro con el uno. Dos ancianos agarrados por la calle. Dificultades económicas, enfermedades, engaños y desengaños. No han podido con ellos. Adioses de amigos, familiares, hijos tal vez. Ahí siguen, el uno con el otro, el otro con el uno. Ni siquiera las alegrías –que a menudo son traicioneras- han hecho mella. Habrán discutido, se habrán peleado, amado y odiado tal vez a partes iguales. No importa. Tampoco han podido con ellos. Helos ahí, el uno con el otro, el otro con el uno.
Mientras las nuevas y no tan nuevas generaciones vamos y venimos, nos unimos y nos separamos, permanecemos por inercia en el mismo lado de la cama, rozando a veces nuestra piel con la del compañero de lecho y separándonos casi eléctricamente; nosotros, que hemos conocido formas de amarnos, de disfrutar con el sexo inimaginables para abuelos y padres; mientras estamos hartos de presenciar, quizás protagonizar la –para mí- tremenda escena de esa pareja, ese matrimonio, sentados uno frente al otro en la mesa de un restaurante, vestidos de domingo, dando cuenta de su solomillo, apurando la copa y el cigarro del café sin cruzarse una mirada, una palabra, ni mucho menos una sonrisa; mientras, lo queramos o no, seguimos saliendo en parejas y, espontáneamente, los cromosomas, por pares, imponen su instintiva ley sexual, y así machos y hembras caminan juntos pero por separado, un par de pasitos por delante ellos, un par de pasitos por detrás ellas; mientras el silencio, lejos de revestir nuestra alma de protectora brea, se transfigura en berlinesco muro de infamia en el que nos amparamos para mantener la tensión de esa guerra fría en que convertimos la convivencia, rompiéndolo casi exclusivamente para discutir por la más nimia estupidez; mientras, en definitiva, somos incapaces de mantener la llama, la ilusión, el compromiso per se, y no por todo lo que se puede perder... ellos, los viejecillos, esas parejitas de ancianos que agarran a su compañero vital como si temieran que, al soltarse, se los llevara la dama del alba uno a uno y no a la vez, como debe ser... ellos, nos enseñan que hay motivo para la esperanza, para la fe en el amor.
Dependencia? Sí. Pero dependencia elegida, voluntaria, libre. Su unión, sus manos entrelazadas, sus brazos agarrados como suporte y nexo con la vida, no son fruto de sumisión a jerarquías dictadas por la genética. Son la consecuencia de no concebir la vida, ni la muerte, sin el otro. Y eso, así lo creo, es la entrega más bella, la forma más hermosa de vivir. Y, sin duda.... de morir.