Mortal, decía. Tremendamente Mortal.
Porque mata de estupidez. Porque al postureo y mensaje multicolor le sigue la
pandemia, y el mensaje inicial del no-pasa-nada ha calado en algunos mucho más
que los hechos consumados. Monto este sábado en coche para ir al súper. Voy con
el corazón encogido. Me pertrecho como puedo: dos pares de guantes, uno sobre
otro. Dos mascarillas, una sobre otra. Gafas para proteger –o intentarlo- la
mucosa de los ojos… Me viene a la mente la imagen de los liquidadores de
Chernóbil, y me río. En plan Joker. Monto en el coche como puedo, dejando bien
a mano el alcohol y el gel, en un inútil e ingenuo intento por sentirme un
poquito más seguro. No funciona. El corto trayecto resulta inquietante,
desasosegante. Las calles vacías a las dos de la tarde son signo de que algo
malo pasa. La sensación de anormalidad atraviesa los huesos, como si mi cerebro
me pusiera en alerta, me dijera “¡huye de aquí!”. Pero mi estómago dice otra
cosa, así que continúo. Dentro del
establecimiento la cosa no mejora. El miedo se huele, se palpa. El miedo… y la
estupidez. La estupidez sin límites. Algunos llevamos guantes. Otros,
mascarilla. Los que podemos, las dos cosas. Y el resto… el resto pasea su
incredulidad, su ignorancia, su falta de criterio, su estulticia entre los
pasillos. Sin guantes. Sin mascarilla. Sin pañuelo. Sin cabeza. Tocándolo todo,
tocándose todo. Ajenos. Estúpidos. Insolidarios. Imbéciles. Víctimas que
propician víctimas. Vuelvo a mi barrio y oigo niños en la calle. Me asomo a la
ventana del baño. Van con un “adulto”, no consigo identificarle. Van sin
guantes. Sin mascarilla. Tocándolo todo. Tocándose todo…
Mortal, decía. Tremendamente Mortal.
Porque más allá de la enfermedad física, del dolor, de la estupidez… esta
enfermedad sigue matando. Y lo hace de la forma más cruel: mata de SOLEDAD. La
soledad de los enfermos en la UCI. Los jóvenes, preguntándose cuándo podrán
volver a vivir. Los ancianos, preguntándose si podrán volver a vivir. Y
sabiendo que la respuesta, muy probablemente, sea NO. Camastros en improvisados
boxes en los que nuestros padres, nuestros abuelos, languidecen entre espasmos,
delirios y ataques de tos, exhalando en cada uno de ellos un minuto más de
vida… y solos. Completamente solos. Quien lleva toda su existencia
sacrificándose por los suyos, ve cómo ésta se consume y marchita sin poder
agarrar la mano de sus seres queridos, sin haber podido despedirse siquiera,
sin un último beso, sin un “te quiero”. Sin un “adiós”. Muerte indigna. Muerte
cruel.
Y aún hay otra muerte. Igual de cruel. La
muerte en vida. Mucha gente se queja del confinamiento. Gente que ha de
quedarse en casa con su pareja, con sus padres, con sus hijos. Se quejan de no
poder salir. De aguantar a los niños, a los viejos, a la parienta o pariento…
Otros muchos no podemos quejarnos. No hablo ya de los sanitarios ni fuerzas de
seguridad. Tema aparte. Hablo de gente “corriente”, invisible. Gente que
tenemos que seguir yendo a trabajar, aún pudiendo trabajar desde casa. O sin
poder. Pero tenemos que salir todos los días a lidiar con la enfermedad, a la
guerra sin armas. Al miedo de estar rodeado y no saber cuándo vas a caer, con
el triste agravante de que esa derrota no ha tenido ningún sentido. No ha
ayudado a nadie. Sólo a uno. Y ese, paradojas de la vida, no cae. Y al volver
al hogar muchos, como yo, nos encontramos con la casa vacía. Sin nuestros
padres, aislados en su casa para protegerles. Sin pareja. Sin nuestros hijos,
en casa de su madre para protegerles a ellos y a su otra familia. Nadie que te
consuele, que te de un beso, un abrazo.
Así durante… ¿cuánto? ¿Un mes?
¿Dos? Sesenta días, probablemente mínimo, sin ver a tus hijos, a tus padres, a
tus amigos. Sesenta días, probablemente mínimo, sin besar a nadie, sin abrazar
a nadie, sin tocar a nadie. Vacío.
Tremendamente vacío. Siempre supe de la importancia de los abrazos. Más
aún que los besos. Al abrazar sientes el calor del otro, fundes su energía con
la tuya, te alimentas, te vuelves uno. El abrazo da paz. Habla sin palabras,
consuela sin más. Ahora sólo tengo el eco del amor de los míos rebotando en mi
interior… hueco.
EPÍLOGO
Los antropólogos dicen que nuestro
ancestral miedo a las arañas viene de nuestros tatatatatatatatatarabuelos.
Cuando el animal al que hacían frente era más veloz, más grande, más fiero que
ellos, se ponían a salvo trepando a los árboles. Allí se sentían seguros. Pero
un artrópodo a menudo milimétrico, escondido entre la corteza y los nudos del
tronco, era suficiente para matarle. Era el enemigo invisible. Nuestra
generación, la de nuestros hijos, y las venideras, recordarán este 2020 como el
año del enemigo invisible, de la vuelta a la prehistoria, de la derrota del ser
superior de la naturaleza ante lo insignificante. Como nuestro ego. Como nuestra
vida.
