Ya está aquí. Por fin. Febrero, el mes
del amor. Febrero.
Los escaparates de los comercios se
adornan de ridículos dibujitos infantiles que, en función de la situación de
cada cual, provocan emoción, risa, llanto o maldiciones. ¡Einstein, genio!
No sólo los comercios. Internet lo peta.
Allá donde te metas, aparecen anuncios, promociones, llamadas a voz en grito a consumir.
A consumir el amor. Qué hermosa metáfora…
¡Grandes ofertas románticas!
*¡2x1 en globos de ilusiones made in
china!
*¡Románticas palabras pastelosas con sabor a chocolate y fresa al 50% de credibilidad!
*¡Besos y abrazos a precio de saldo!
Defectuosos, pero para un día, valen.
*¡“Tequieros” en liquidación! Apenas quedan. Son los del escaparate, descoloridos y ajados. ¡No deje pasar esta
oportunidad increíble!
*¡Planes de futuro de mercadillo! De imitación –de película de sobremesa- pero... ¡me los quitan de las manos!
Caballero, regale usted su corazón. ¡Un
detalle único! Literalmente. Sólo tiene uno y se va a quedar sin él, así
que tenga claro a quién se lo entrega. O no. Al fin y al cabo, es sólo
un corazón de hombre. No se pierde tanto.
Bella dama, regale promesas de amor
eterno ¡completamente gratis! Además, si en cualquier momento se echa atrás, se
las devolvemos -usted sólo tiene que retirar los girones de alma rota adheridos- para
utilizarlas en otra ocasión. Sin coste de devolución ni penalización por
incumplimiento de contrato mercantil. ¡No deje pasar esta increíble
oportunidad!
Ah, Febrero… ¡Qué ganas tenía de que
llegaras, al fin!. Del gordito del arco y el santo cobarde ya hablaré otro
día…