Contrapunto. Contrabajo. Staccato. Comienza su monólogo, como tantas otras veces, paseando en la noche. Sólo. Ceño sereno, mirada dura hacia el desdibujado horizonte de luces diafragmáticas. Su eco no resonará mucho tiempo. Enseguida se le une ella. La Viola. Su voz más aguda, por momentos chillona... responde, sobreescribe, pretende anularle. Siempre tuvo complejo de instrumento secundario, de relleno. Quizá por eso su bravura. Su fiereza. Su rabia contra el (su) mundo. Uno en cada esquina. Castigados. Juntos, pero de vueltos. El Trombón viene en apoyo del bajo, sosteniendo su idea musical. Argumentos sólidos, escuetos pero contundentes. Pa! Pa! Pa! En seguida el Cello intenta poner paz con su voz grave y armoniosa, ligando sentimientos y aplacando ánimos. Pero una vez más salen a la luz contrargumentaciones, recuerdos de ida con palabras disimuladamente airadas. La flauta travesera se reviste de dulzura para asestar latigazos implacables, lacerantes, en inevitable y esperado contrataque. Metáforas...

Es la historia de un amor. Como no hay otro, igual. Lo mires por donde lo mires. Momentos de brillo inmenso y noches eternas de tormenta y oscuridad, aún recién entrada la mañana. Pero la noche. Siempre la noche. Siempre de noche.
Continúan caminando. La pestilencia del Gran Canal domina cada paso, cada grito, cada voz. Cada silencio. Calma tensa, veneno en las palabras, introducidas en vena a través de los colmillos de la ira en la mirada. Del desprecio. Del egoísmo. Cómo tanto daño, tanta sustancia letal en tan poco frasco!! El Fagot y la Tuba acaban de componer un movimiento molto agitato e turbolento, en un viaje en góndola sobre las aguas sucias y marejadas.
El final es inminente. La melodía, por conocida y ejecutada tantas veces, no cambia de partitura. Aún así, daría lo que fuera por sobrescribirla. Reescribirla. Pero no encuentra las notas, el aire, el tempo... Y la pieza ha terminado, con un sonoro redoble de timbales. Quizás no! Quizás podría...
Platillos.