12 agosto 2011

MariA

Una mirada. Una mirada furtiva y de soslayo. Un pequeño sobresalto. Una imagen en la cabeza que no se va ni aún teniéndola delante. Un comentario. La tontería más nimia. La observación más grandiosa. Ese gesto de cariño. Buscar en la más leve mueca la llave del secreto de tu existencia. Un olor apenas perceptible. Una forma de andar, imperfecta, circunstancial, sublime.

Una mirada. Una mirada furtiva y de soslayo. Unos ojos que se cruzan con los tuyos. Una intersección de ángulos de visión en la cual se para el mundo y la vida pasa a cámara lenta. Una sonrisa. Una sonrisa tímida, enigmática, indescifrable. Una sonrisa que te abre un mundo de interpretaciones, de matemáticas, de economía aplicada.

Una mirada. Una mirada furtiva y de soslayo. La incapacidad de mantener los ojos en los ojos. La infancia que vuelve a tí bajo la tiránica, dulce, retrógrada e ingenua vergüenza. Tener miles de cosas que contar y no saber qué decir. Discursos preparados esperando el momento en el que todo transcurra tal cual lo imaginado para ser pronunciados de manera efectista y efectiva. Momentos que nunca llegan a suceder. Encontrar inexistentes, o hermosos, o perfectos, aquellos pequeños detalles que en su momento parecían profundas simas.

Una mirada. Furtiva. Casual. Provocada. Un manuscrito en sus ojos incapaz de ser leído. Soñar despierto, vivir un contínuo sueño que dura apenas unos minutos. Todo es tan absoluta, total, drástica, salvaje, inmisericordemente relativo... Arriba. Abajo. Volar a ras de un suelo lleno de abrojos. La alegría vital que producen las ilusiones inventadas. Los nervios que preceden a la invasión. Devastación, lágrimas, desolación. Tocar el cielo mientras caes en un abismo brutal, cruel, eternamente oscuro. Eso es.

Sentir que, sea como fuere, ha valido la pena. Que tu existencia pasa obligatoriamente por ese mal necesario. El dolor del placer. El placer del dolor. Es todo parte indivisible de lo mismo. Es todo parte de él.

Eso es.

Eso es...