23 agosto 2023

Agua








40 grados. A la sombra. El aire apenas se mueve y, de hacerlo, semeja al del interior de un horno cocinando un pastel. De carne.

Piscina. Un enjambre de cabezas y cuerpos dispares sumergidos en desigual geometría en un caldo turbio. Las duchas -las que funcionan- expulsan de su interior agua hirviendo. Lo cual explica la turbidez en la que sin más remedio me sumerjo.

La mitad de la piscina -la que no cubre- está atestada de gente que, sospechosamente, apenas se mueve. El resto del personal se distribuye estratégicamente en los laterales de la otra mitad apoyados, sentados, tumbados de cualquier forma y condición. Queda así un espacio prácticamente vacío en el que nadar, aunque despacio. Mi cuerpo no pide -ni puede, aunque quisiera - ejercicio. Simplemente avanzar suave, casi meciéndome, sumergiendo mi cabeza largo tiempo bajo ese líquido elemento cuyas tres propiedades quedan reducidas escasamente a una. Pero me vale. Mi terapia es hídrica, y me funciona. 

De vuelta a la toalla me siento un bicho raro al sujetar entre mis manos letras con cubierta y papel. Sólo alcanzo a ver a una mujer haciendo lo mismo, justo detrás de mí. Debe ser el área de lectura del recinto. Estoy de suerte.

Entre línea y párrafo levanto la vista. Observo. Pienso. Me siento raro. Poca gente será capaz de descubrir el corazón que se esconde tras una camiseta amarilla, la debilidad que oculta una sonrisa amplia alternándose con mirada altiva y gesto de cierta dureza. 

Vuelvo al agua. Recojo todo. Me apena y duele darme cuenta de cómo, de todas mis pertenencias, la única de la que estoy seguro que no van a robar es mi libro. 

Terapia hídrica de nuevo. A observar. A pensar. A sentirme raro. Tristemente raro.

Vuelvo a la toalla. Allí sigue mi libro. Por supuesto.

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