Carnaval.
Oficialización elegante o grotesca, según el pueblo, de la rutina humana diaria.
La farsa dura todo el año. Unos nacen con doble cara. Otros se esfuerzan por tenerla. Y el resto, la mayoría, vive con la máscara puesta. Forma parte de su vestuario. Sale a la calle con un outfit que incluye de serie un ornamento más allá de lo facial, que tapa, esconde, disimula y pocas veces embellece lo que hay tras él.
Así nadie conoce a nadie. Nadie sabe cómo está el otro, qué siente, sufre o piensa o duele o lamenta. Inexpresividad veneciana o carcajada gaditana, cada cual la suya.
Obstinado ejercicio de ocultamiento, ora para aparentar, tal vez para protegerse. La cosa es no mostrar. Se. Y así las emociones se contienen, los sentimientos se pudren, los deseos se mueren. Dentro. Y la vida se les pasa recibiendo la frialdad enmascarada que, quizá sin pretenderlo, muestran al mundo. Y las ocasiones de ser felices se desvanecen por el miedo a sufrir, sin ser conscientes de ello.

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