24 abril 2018

Niña mirando al mar


 


   
                                                                             






Hay una niña mirando al mar.

Pasea despacio, hundiendo sus piececitos en la arena mojada, ajena a los perros que saltan a su alrededor buscando pelotas deshilachadas que recoger entre los dientes. Ajena a la gente que camina con prisas –siempre con prisas- sin mirar el horizonte, como se va al trabajo, a la compra o a la consulta del  podólogo. Ajena a las voces de su madre que le grita, varios metros más adelante mientras camina con prisas –siempre con prisas- que se de... prisa.

Hay una niña mirando al mar.

Pasea despacio, mojando sus piececitos en la arena hundida. No existe el tiempo, ni el espacio circundante. No existen los ruidos ni los llantos, las risas ni los cantos. Sólo existe el mar. El mar y ella, ella y el mar. La niebla rodea su piel desnuda, aunque no parece tener frio. Con la mirada perdida, observa un punto fijo en la lejanía. Quizá las gaviotas planeando altivas jugando al escondite con el sol. Quizá la espuma que cabalga, ora salvaje, ora delicada, sobre las olas indecisas que nunca saben si quedarse o regresar. Quizá un barquito velero que se intuye, bucólico, en la línea que la tierra, caprichosa, traza con curvo tiralíneas queriendo besar con sus húmedos labios un cielo que, impaciente y resignado, no acaba nunca de recibir su gesto de amor. Jamás. Quizá, tal vez, mirando simplemente al mar.

Hay una niña mirando al mar.

Y, a su alrededor, cientos de personas jugando, dominando complacientes a sus perros, hablando por sus teléfonos o sacando fotos como yo. Sin embargo, sólo ella parece darse cuenta de lo verdaderamente esencial. Sólo una niña, apenas de seis años, parece saber apreciar lo que significa realmente el mar. Sólo un ser sin formación, una página con apenas borrones y algún dibujo sin pintar, sólo un cerebro sin toxinas, un alma sin manchar… parece saber realmente disfrutar de lo que transmite el mar: aire fresco, aroma de libertad, nostalgia, ensueño, belleza, calma… paz.

Hay una niña mirando al mar. Y yo con ella.

5 comentarios:

  1. Preciosa entrada.
    Transmites tanto que eres capaz de transportarnos a esa playa y veamos, en tus letras, esa infancia incorrompida en nuestras pupilas... Hundiendo también nuestros pies, sientiendo esa calma.

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    1. Hay un momento en nuestras vidas en el que somos puros. Viendo a esa niña me ví a mi mismo a los cinco años, la primera vez que estuve frente al mar. Hace mucho que procuro volver a él, al menos una vez al año.

      Gracias por sentir, Anónimo.

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  2. Me has emocionado.

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