Hay una niña mirando al mar.
Pasea despacio, hundiendo sus piececitos en la arena
mojada, ajena a los perros que saltan a su alrededor buscando pelotas
deshilachadas que recoger entre los dientes. Ajena a la gente que camina con
prisas –siempre con prisas- sin mirar el horizonte, como se va al trabajo, a la
compra o a la consulta del podólogo. Ajena
a las voces de su madre que le grita, varios metros más adelante mientras camina
con prisas –siempre con prisas- que se de... prisa.
Hay una niña mirando al mar.
Pasea despacio, mojando sus piececitos en la arena
hundida. No existe el tiempo, ni el espacio circundante. No existen los ruidos
ni los llantos, las risas ni los cantos. Sólo existe el mar. El mar y ella, ella
y el mar. La niebla rodea su piel desnuda, aunque no parece tener frio. Con la
mirada perdida, observa un punto fijo en la lejanía. Quizá las gaviotas
planeando altivas jugando al escondite con el sol. Quizá la espuma que cabalga,
ora salvaje, ora delicada, sobre las olas indecisas que nunca saben si quedarse
o regresar. Quizá un barquito velero que se intuye, bucólico, en la línea que
la tierra, caprichosa, traza con curvo tiralíneas queriendo besar con sus
húmedos labios un cielo que, impaciente y resignado, no acaba nunca de recibir
su gesto de amor. Jamás. Quizá, tal vez, mirando simplemente al mar.
Hay una niña mirando al mar.
Y, a su alrededor, cientos de personas jugando, dominando
complacientes a sus perros, hablando por sus teléfonos o sacando fotos como yo.
Sin embargo, sólo ella parece darse cuenta de lo verdaderamente esencial. Sólo
una niña, apenas de seis años, parece saber apreciar lo que significa realmente
el mar. Sólo un ser sin formación, una página con apenas borrones y algún
dibujo sin pintar, sólo un cerebro sin toxinas, un alma sin manchar… parece saber
realmente disfrutar de lo que transmite el mar: aire fresco, aroma de libertad,
nostalgia, ensueño, belleza, calma… paz.
Hay una niña mirando al mar. Y yo con ella.

❤️
ResponderEliminarPreciosa entrada.
ResponderEliminarTransmites tanto que eres capaz de transportarnos a esa playa y veamos, en tus letras, esa infancia incorrompida en nuestras pupilas... Hundiendo también nuestros pies, sientiendo esa calma.
Hay un momento en nuestras vidas en el que somos puros. Viendo a esa niña me ví a mi mismo a los cinco años, la primera vez que estuve frente al mar. Hace mucho que procuro volver a él, al menos una vez al año.
EliminarGracias por sentir, Anónimo.
Me has emocionado.
ResponderEliminarPara eso estamos, Aliena... Gracias.
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