24 abril 2011

Paraíso

Hoy he vuelto a mi paraíso particular. Un pequeño reducto de paz y belleza perdido en medio de la nada, a medio camino entre aquí y allá. Escondida en el interior de un valle entre montañas, poblada por escasamente treinta habitantes de media, esta reducida aldea, habitada en su momento por celtas, árabes y tribus varias, resiste como pocas al paso del tiempo y a la modernidad. Lugar de paso, no obstante, entre poblaciones de relativo peso en la zona, pocos se paran, y menos aún se quedan. Y así debe ser. Así espero que siga siendo. Egoísmo? Tal vez. Pero consciente de que, amén de mi propio beneficio, el anonimato y aislamiento en el que vive este rincón –otro- especial le confiere precisamente su cualidad y calidad. El paso del hombre arrasa con aquello que pisa. Por ello, la soledad poblacional que sufre y atesora a un tiempo, le preserva de la destrucción y vulgaridad, y le permite seguir siendo un pequeño pulmón, refugio de nostálgicos, sanatorio de enfermos de cuerpo y espíritu.

Hoy he vuelto al paraíso. Metódico, disciplinado, sigo las pautas de mi tratamiento curatorio. Me encierro en el refugio, al lado de la chimenea, a la leve luz de la escasa ventana, y en él permanezco horas trabajando, reposando, somnoliento, abstraído. La vida al desnudo, la comodidad reducida a los bienes estrictamente necesarios: fuego, luz, comida, asiento... La sociedad del “bienestar” nos manipula y engaña, haciéndonos creer que necesitamos cosas, cosas y más cosas. Hemos de tener un coche; luego otro mejor, más grande, más potente, más atractivo. Habemos de conseguir una casa en ficticia propiedad –son los señores del sombrero de copa y puro los auténticos propietarios, aunque en los papeles escritos figure nuestro nombre- y, no contentos con ello, tenemos que rellenarla de la manera más ortodoxa: sofá, tresillo, chaise-longue, varias mesas, televisiones panorámicas, cortinas, lámparas, lavavajillas, ¡secadoras!... nunca es suficiente. Si no tenemos el último electrodoméstico, la penúltima alfombra de diseño, la luz de pie tan modernilla, el canapé con colchón de látex, objetos decorativos informes y cuadros con motivos tribales, parece que no logramos el confort necesario. Aquí no necesito nada. Tan sólo lo indispensable para sobrevivir sin calamidades. Un valor añadido. Tras mi encierro voluntario, recorro el terreno adjunto. Admiro la paleta multicolor de los frutales –que nunca hacen honor- en flor. Me acerco, miro a través de esos pétalos que deberían dejar paso a peras, melocotones o manzanas, pero que, perezosos, se adormilan y mueren en el intento sin llegar nunca a meta. Me agacho para comprobar que los pinitos que planté siguen vivos, luchando por respirar entre las hierbas y hojas que asfixian sus raíces. Tranquilos… ahora os limpio. Sigo la ruta hacia el sembrado que mi padre se empeña en trabajar en duro y casi vano esfuerzo: si no hay agua, no hay vida, papá. No me quiere entender. No insisto. Ver los ajos florecientes, las lechugas que casi caminan ya, los surcos de las patatas o la pequeña plantación de guisantes, compensa que los rigores del verano reduzcan la singular cosecha a un 10%. Él es feliz así. Y la tierra se lo agradece. Armonía. Karma. Nada que objetar.

Siguiente etapa: el eterno paseo por el pueblo. Ansío disfrutar del silencio, tan sólo roto –bendita interrupción- por los sonidos del campo: animales, viento, hojas… y el ruido de mis pasos sobre la tierra. Cuando tengáis la cabeza a punto de estallar, cuando el estrés, las horas de trabajo, los problemas hagan que vuestro cerebro no pueda descansar, simplemente haced este ejercicio: dirigíos hacia cualquier camino de tierra y pasead. Centrad vuestra atención únicamente en vuestros pasos, en el sonido de vuestros pies sobre la arena, las piedras, el agua… Es algo hipnótico, mágico. El resto del mundo desaparece, y con él, por breves momentos, la retahíla de angustias diarias. Dedico un rato únicamente a ello. Después levanto la vista, y me dispongo a disfrutar de la auténtica virtud de éste lugar: el reencuentro con la esencia de la belleza, de la autenticidad. Una belleza que se encuentra justo en lo mínimo, en todo aquello que nos pasa desapercibido a diario, y que está ahí, a nuestro lado. En este caso, me rodea. La encuentro en esos tradicionales y arquetípicos muros de piedras apiladas, de tonos pardos, amarillentos, grises, que retrotraen a siglos atrás. En las casas del mismo material, que jalonan la gran mayoría del lugar. En las flores surgiendo en cualquier mínimo rincón, de cualquier esquina. En los mantras letárgicos de las golondrinas en sus largas conversaciones bis a bis. En el camino de tierra y cantos que lleva hacia el monte, repleto de arbustos, matorrales y –como se llaman aquí– escobas. En la visión sobrecogedora de las montañas rodeándote, de las nubes cubriéndolas, de los pinares eternos flanqueando el gélido río.

Hoy –como tantas otras veces- me acordé de ti. A pesar de tantos años disfrutando de este pequeñísimo paraíso, todavía sigo descubriendo lugares ocultos, casi vírgenes. Hoy me adentré en una de las zonas menos transitadas. Al lado mismo del pueblo, bajando hacia los pinos, hay un pequeño valle, un vergel que comienza a vivir en otoño y explota en primavera. Es de difícil acceso, pero merece la pena. Allá donde mires –y pises- hay riachuelos, manantiales, charcas, cascadas diminutas, cuyo sólo rumor constituye mejor terapia que cualquier dosis de tranquilizantes. Siguiendo la vereda, una vez vencido el desánimo que provoca la humedad en los pies, llego por fin a un lugar maravilloso. En mi cabeza suena un glorioso coro in crescendo acompañado de subyugante orquestación. Ante mi se muestra, en medio de un claro, bañado por intermitentes haces de luz, un lugar mágico: un arroyo de aguas quietas pero continuamente nutridas desde distintos flancos, poblado por una tupida alfombra de florecillas blancas sobresaliendo del agua; en medio de él, tres árboles que parecieran plantados por encargo; alrededor, en círculo abierto en su extremos, laderas de tierra verde; como banda sonora, el sonido de los cucos, golondrinas, pardillos y grillos, todos a la vez, pero cediéndose elegantemente el turno, sin apenas solaparse. Me siento sobre una piedra que parece colocada a propósito a modo de rústica silla, para disfrutar del momento. Cierro los ojos. Escucho aquella hermosa melodía natural. Respiro despacio, profundo. Mi mente descansa. Abro los ojos y vuelvo a sorprenderme con la increíble majestuosidad de semejante obra de arte de la naturaleza. Y me pregunto si habrá muchas personas que sean capaces de admirar ese lugar, de disfrutarlo como yo estoy haciendo. La conclusión es clara. Entre las pocas personas que me vienen a la cabeza estás tú. Es algo que nos unía. Un lenguaje común que compartíamos y nos hacía especiales el uno para el otro. Me gustaría enseñártelo algún día. Pero no podrá ser. Supongo. Mientras, sigo disfrutando de aquello que hace que este paraíso sea tan especial: el placer de reencontrarse con aquellas pequeñas cosas… en las cuales se encuentra la verdadera, la simple, la auténtica belleza. En definitiva, lo que hace que la vida, como tal, tenga sentido.

Vuelvo al refugio. Y me admiro, como siempre de la parsimonia de la gente del pueblo, de los pueblos. Es como si el tiempo corriera más lento para ellos. Los he conocido siempre así, con una edad indeterminada. Es como si hace cuarenta años hubieran sido ya jubilados. Cruzan la calle despacio, tranquilos. Se sientan en los poyos a ver pasar la vida, con la serenidad que da la paz, la ausencia de protocolo, de calendario. Beatus ille. Beatus ille…

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