Hoy vuelvo, por fin, a mi refugio natural. Natural.
Hoy, tras años de ausencia, respiro por fin. Aire limpio. Y mi interior se expande en el momento. Una sonrisa -¿dónde estabas?- aflora en leve mueca. El ruido de la tierra bajo mis pies. El olor a lluvia en mis zapatos. El cielo cubierto de nubes que despeja en extraña paradoja la tormenta de mi mente.
Algo mágico tiene este rincón, que cura con su simplicidad lo más complejo. Piedra, verde, aire. Lluvia. Elementos suficientes para sanar, siquiera un momento. Sanar. Vivir con lo mínimo, vivir con lo máximo. Todo es uno. Lo demás, la nada.
Brisa de otoño. Olor a madera quemada impregnada en la ropa, por fuera y dentro. Dentro.
El húmedo frío avisa la llegada de diciembre. Del invierno. Y con él, los recuerdos de otra vida. Paseos por el monte. Las piedras de respaldo. Chimenea y calcetines. Caminatas y chirucas. Cazadoras celestes y gorros a juego. Partidas y verdes tapetes como mantas. Sonrisas y cariños, ilusiones y futuros. Arroyos y muretes, cascadas y charquitos. Los perros del ganado avisando. Tal vez advirtiendo. ¿Qué fue de lo que fuimos? ¿De lo que deseábamos ser? ¿De los planes y deseos? Dulces y abrazos, abrazos dulces. Palabras y cuentos al crepitar de la lumbre, fotos con aroma añejo. Recuerdos. De otras vidas. Pegados en el fondo de la retina como el cuadro de Klimt a la pared.
Volveré a ti, no lo dudes. Espérame con tu armónico silencio. Con tu dosis de vida en frasquitos herméticos. Algún día volveré. Algún día me quedaré, contigo. Y esperaré mansamente la llegada de las sombras mientras en el fondo de mi retina vuelvo a ver lo que fui, lo que fue. Mientras aflora en mí una leve mueca. Algo parecido a una sonrisa.

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