Atrás, una vida entera, una inmensa gama de grises multitonales. Por delante, sólo nubes de tormenta, claroscuros de intensos contrastes, en los que la luz apenas se ve dibujada entre los delgados filamentos de amenazantes nimbostratos cargados de lluvia. Ácida.
Abajo, el vacío. La nada.
Da vértigo. Saltar. La negritud de la caída atrae como un agujero negro supermasivo. No habrá marcha atrás. Y no sabes si al final de esa espiral cósmica espera la nada o, tal vez, recreando una mínima, fútil esperanza, te encuentres con toda la luz que esa gigantesca estrella (muerta) ha ido absorbiendo haciendo creer que no hay futuro. Otra dimensión. El paraíso, quizás. La paz, en definitiva.
Unas veces el miedo, otras la inseguridad, siempre la hiper, autodestructiva responsabilidad que me mantiene atado al sitio, a esa incofortable zona de falso confort, que no es otra cosa que cobardía, servilismo, conformismo. Ese lugar en el que traicionas a tu yo del pasado, a tu niño de la infancia. En el que dejas de pensar en ti mismo para pensar siempre en el bien común, ese que -paradójicamente- nunca te incluye.
Y aquí estoy, ahora. Con la no siempre firme convicción de dar el salto hacia el abismo, de vencer el vértigo que a ratos se impone al descanso que da la serenidad de quien por fin sabe lo que debe. Hacer.
A veces la vida te golpea fuerte, te empuja hacia adelante. Te sacude y zarandea por medios siempre feos. Sucios. Desagradables. No muy diferentes a tantos otros. Pero un día, uno de ellos aprieta la escondida tecla del timbre interior. Te despierta. Y sientes que algo en tu cabeza hace "clic". Y entiendes, justo en ese momento, que todo ha cambiado. Que algo en tu interior se ha transformado; que nunca volverá a ser igual. Que no hay retorno.
Y aquí estoy, ahora. Delante del horizonte de sucesos, sin posibilidad de volver sobre mis pasos. Sintiendo mis miembros, mi cerebro, mi alma completa alargándose inexorable hacia ese vacío cósmico tan lleno de misterio.
No sé lo que hay al otro lado. Pero sé lo que hay en este. Y no me gusta. Así que, por una vez en veinte años, voy a mirar por mí. Voy a ser completamente fiel a mis principios. Quizá me equivoque, mas no me arrepentiré. Puede que muera, o tal vez me espere, en esa nueva cuarta dimensión, la felicidad. La paz.
Salto.

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