Mi cabeza lleva tiempo buscando las razones que superan la lógica aplastante de olvidarte. En mi mente racional no tiene cabida la casualidad. Piensa y piensa, da vueltas en torno a las causas que me mantienen aquí, a pesar de todo... y no las encuentra. Por eso enferma. O quizá por eso: enferma.
Existen docenas de motivos para arrancarte de mi mente. Seres pertenecientes no ya a mundos distintos, sino a planos paralelos. Asíntotas tendentes a una conjunción imposible. De dar. Usos, costumbres, pensamientos, manifestaciones, teorías, prácticas, egos... Si tú eres uno, yo soy dos. Si subo, bajas, si bajo subes y en el camino nos cruzamos en medio de un tibio destello de sol en el crepúsculo. Lobo y halcón anhelando pasiones malogradas, Etienne e Isabeau compartiendo angustia de amor en sus miradas al estar tan próximos lejanos, tan fuera y dentro del alma. Un segundo, apenas. Y la nada del querer y no tener, el tener y no poder, poder y no olvidar...
Hubo un tiempo en que fuimos. Parece mentira. Quizá lo fue. Mentira. Duró tan poco... ¿Qué fue de lo que fue? ¿Qué fue de lo que pudo ser? Tal vez sí, simple casualidad, al fin y al cabo. Nos encontramos un momento en maravillosa intersección de ilusiones y proyectos, de sensaciones, de sentimientos. Y, a partir de ahí, la contundente realidad empecinada y contumaz.
Tal vez fue culpa mia. Me empeñé en salvarte sin tú pedirlo, mientras me iba condenando lentamente. Insistí en convencerte, en demostrarte, en empujarte hacia delante cuando asi me lo pedías, y la inercia del esfuerzo siguió haciendo su trabajo por su cuenta. Hubo un tiempo en que tiré de ti, de mí, de todo. Y a trompicones esta historia fue avanzando. Hubo un tiempo en que dejé de tirar. Y la historia... se paró. Lo nuestro nunca fue nuestro, en realidad. Fue mucho más mío. Ahora me doy cuenta.
Un amor es cosa de dos. Una relación es cosa de dos. Un proyecto es cosa, de dos. Siempre que te fuiste te quise retener. Estabas equivocada, ofuscada, superada. Eso pensaba. Pero siempre te ibas, y siempre estaba. Ahí. Esperando por ti. Tirando de ti. Y llegó un momento en que dejé de tirar. Y nadie tiró de mí. Llegó un momento, más de uno, en el que me fui. Y tú... no estuviste. Ahí. Ahí. No hay más preguntas, Señoría.
Lo hemos hecho mal. Los dos. Quizá porque no debimos hacerlo. Lo hemos hecho mal. Pero yo lo he hecho mucho peor. Mi sacrificio era innecesario. No te pude retener... ni debí intentarlo. Siempre te marchaste. Debí entenderlo. Es tan fácil... Pero estaba convencido, como nunca. Tarde o temprano te darías cuenta. El destino. El hilo rojo...
Me voy. Y tú te vas más. Llevo yéndome mucho tiempo. Tú mucho más. Me voy, mientras me miras marchar desde tu atalaya de indiferencia, de complacencia ante mi partida. Lo peor es que sé que, de alguna manera extraña, retorcida, inexplicable, me quieres. Pero, como alguien dijo una vez... el amor no es suficiente. Tardas poco y nada en cambiar tu enfoque vital, centrarte en lo que de verdad te importa, donde de verdad te importa. En recuperar tu vida social y oficial. Nada ya que objetar.
Tengo docenas de motivos para odiarte. Docenas. Quizá más. Sin embargo, sigue doliéndome verte, notarte, olerte. No tiene sentido. No lo tiene. No tiene sentido esta presión entre los ojos cada día, este aviso de aguaceros permanente.
Difícil olvidar teniéndote delante. Mi corazón no puede sacarte de mi mente. Ojalá un día, antes de que desapareciera, llegaras a mi lado, y por fin viera a esa persona que siempre prometiste y nunca me mostraste. Ese fantasma sin barreras, ese ser dulce y romántico que fuera capaz, por una vez, de entregarse. A tumba abierta. De luchar. De tirar. De retenerme. Ojalá que no te diera igual. Ojalá que de verdad, de VERDAD, me quisieras.

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