EPÍLOGO
Anónimo Veneciano es la historia de un adiós. Un punto y final. Una muerte que se anuncia entre pestilencia y decadencia, entre belleza y emoción. Una historia de encuentros y desencuentros, de mentiras y no tanto, de romance y desamor. Una historia de metáforas. De un amor.
Una historia de risas y llantos, de luz y de tinieblas, de felicidad y quemazón. Besos y palabras, llantos y miradas. Pasión. La vida misma, en fin.
Pero también es la historia de un perdón. De una petición. A su modo, a su manera. Una redención poco antes de la muerte. A su modo, a su manera. Cada caricia contenida, cada beso encadenado, cada mirada furtiva y de soslayo, es una declaración de amor. A su modo. A su manera. Cada milímetro de piel estremecido, cada gota de saliva intercambiada cual linfa vital viene a decir "Te amo, a pesar de todo"; "Perdón". A su manera. A su modo.
Él se va en el primer barco de la última mañana, entre una predecible y simbólica bruma. Se desvanece en ella, poco antes de partir. Ha calmado su corazón, ha vaciado su cloaca, en un ejercicio quizás egoísta de purga emocional. Pero esta vez le tocó a él. Se lleva ese deseo de que un día, desde lo más profundo de sus sentimientos, esos que quedan secuestrados en la celda del alma custodiada por un ejército de rencor y dolor, ella... le perdone. Como hizo él. A su modo...
Se va. Se lleva su deseo y un último presente: el hormigueo perenne del roce de su lengua y el calor y la belleza, interminables, de su cara entre sus manos.

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