Imaginemos un niño. Dulce, guapo, enormes ojos verdes, naricilla chata, soñador. Con toda la vida por delante. Pocos amigos, pero buenos. Y suficientes. Buen estudiante, con inquietudes, imaginativo, aunque un tanto reservado. Tímido. Muy tímido. Siempre necesitó que dieran el primer paso por él, que le abrieran los brazos y la puerta. Entonces él entraba y se hacía querer. Y se dejaba querer.
Nadie elige nacer. Nadie elige tampoco dónde, cómo ni cuando hacerlo. Nadie puede elegir cómo ser, con qué carácter, habilidades sociales, facilidad para abrirse, cercanía, simpatía o dones. Cada uno nace como nace, con lo que le toca. Y tiene que vivir con ello. De cómo el resto de la sociedad le trate o le acepte dependerá cómo desarrolle, en qué se convierta y con qué facilidad. Y de eso el ser humano no es consciente. Es un animal social, dijo Aristóteles.Pero no habló nada de la proporción de cada término.
Sigamos imaginando a ese niño. El colegio es un lugar hospitalario. Los maestros son eso, maestros. No profesores. Maestros de vida, segundos padres, gente que igual te cuenta la historia de España como si fuera un cuento que te escucha los problemas y con su mano en el hombro y voz profunda y amable te reconforta como ese abuelo que desgraciadamente nunca tuviste. Los compañeros le respetan como a un buen colega, de los primeros de la clase, y los amigos están ahí, entrañables, aunque no comparta con ellos más que las horas de educación y esos ratos al finalizar el tiempo lectivo, corriendo por el patio, jugando al fútbol, minibasket o al frontón. Es feliz con esos momentos, con algunos pocos más los fines de semana dando un paseo con éste o con el otro, y en la paz de su hogar, jugando con sus soldaditos de plástico, una caja de lata que servía de casa, almacén, barco o bunker, y los airgamboys marcianos... lo más! Su fantasía hacía el resto.
Imaginemos ahora a ese niño que llega a los catorce y, pensando en lo mejor para él pero sin contar con él, le cambian a un instituto de fama y calidad, según decían. De buenos profesores y mejores resultados. Según decían. Pero al que no fue ninguno de sus amigos. Ninguno de sus compañeros. Ninguno de sus conocidos. El único instituto residencia de la ciudad, al que iban en manada salvaje todos los chavales a medio civilizar de los pueblos, haciendo piña compartiendo espacio y tiempo veinticuatro horas al día. Y en medio de todos ellos él. Un niño aún, tímido, reservado, desprovisto de cualquier apoyo emocional durante seis interminables horas al día... sólo. Sólo en medio de una jauría de animales sin educación, cultura, higiene ni formación humana. El blanco perfecto. El juguete de dos, tres, cuatro o diez bestias cuya forma de sentirse bien, de ser los gallitos del corral, es reirse del más débil. Humillarle. Hundirle. Ridiculizarle e insultarle. Ponerle motes, intentar pegarle a veces. Mientras toda la clase ríe las gracias. Sus desgracias. No todos están de acuerdo, por supuesto. Pero nadie se atreve a levantar la voz. Nadie se atreve a defenderle, por temor a ser ellos también objeto de su estupidez.
Rápidamente se corre la voz. En poco tiempo, su sala de tortura deja de ser la clase para convertirse en el edificio entero. Nadie le conoce. Nadie se ha tomado la molestia. Pero todo el mundo le mira, le señala. Se ríe. Particia, por acción u omisión. Y él cada vez se va sintiendo más pequeño. Cada vez se encoge más, literalmente. Físicamente. Se avergüenza de sí mismo. Se da asco. No se quiere mirar al espejo por temor a encontrarse al ser que los demás dicen que es. Y cada vez se hunde más. Se aísla más. Se queda en un rincón, donde nadie puede verle, para que nadie pueda burlarse. Una tortura que se repite seis horas al día más quince minutos de ida y quince de vuelta, mañana y tarde. Cinco días a la semana. Nueve meses al año. Durante cuatro años. Los cuatro años de la adolescencia, esos que te terminan formando como persona, que te convierten en el hombre que vas a ser en el futuro... si llega el futuro. Si no acaba antes.
Nacen los miedos, los complejos, los recelos. Las desconfianzas, el temor, la ira ante el mundo. Ese niño-joven no sólo arrastra miserablemente su cuerpo y su alma por el instituto. Tampoco quiere salir a la calle. Cuando lo hace y oye risas, automáticamente piensa que son originadas por él. Vivir en el centro tampoco ayuda. Por eso, el poco tiempo que pisa el exterior lo hace por caminos solitarios, aislados, casi vacíos. Donde nadie puede reconocerle, donde no oye risas que le hagan acelerar el paso y apretar los dientes para contener lágrimas y rabia.
Esos miedos, complejos, recelos. Esas desconfianzas, temores, ira y dolor, se mantendrán durante toda su juventud e incluso, atenuados, durante su madurez. Le convertirán en una persona desconfiada por naturaleza. Con dificultades relacionales, con pocos amigos. Un ser exigente, muy exigente con los demás y consigo mismo; a veces irascible, con fuerte carácter y personalidad que irá atemperando con los años, pero que no se lo pondrá nada fácil la primera mitad de su vida. Somos lo que nos hacen. Somos lo que vivimos. Pero también, a la par, se convierte en un ser con una capacidad para amar, una vez conseguido romper su coraza, inmensa. Tanto amor que no dió en su juventud lo ha guardado para entregarlo sin medida, aunque no siempre se vea. Es una persona de pocas palabras, pero de muchos hechos. Un ser sensible, extremadamente sensible y sensitivo; un hombre capaz de percibir la belleza, valorarla, crearla. Un ser protector, un lobo para su familia. Una persona, también, con capacidad de ver mucho más allá que otros, de elevarse por encima del resto a la hora de percibir, deducir, anticiparse. Alguien muy singular, con mucho y muy interesante aún por dar. Alguien completamente especial. Artista. El arte, la música, le salvó la vida. En sentido literal. Por eso forma parte de su esencia. Pero aún arrastra su hermetismo. Aún es un ser difícil para mucha gente. Aunque ya no le importa. Sabe que quien es capaz de entrar en su mundo, se ve lleno y colmado. Aunque sean pocos. Muy pocos.Pero esos pocos tienen que saber lo que hay detrás, lo que ha vivido, su mochila de mierda, para poder entenderle e interpretarle. Esa es la parte más dificil de todas.
No juzguemos a nadie. No tenemos datos. Aunque los tuviéramos, tampoco tenemos derecho. Todo el mundo vive su lucha, arrastra su dolor, sus vivencias, sus fracasos, sus golpes. Doy fe. Acerquémonos al otro, intentemos comprenderle, y sobre todo, tendámosle la mano. Quizá, al agarrarla, percibamos una corriente que nos llene el alma.
P.D. Nadie echó una mano a ese niño. Ningún compañero, aunque en privado le mostrara un mínimo apoyo, le ayudó en publico. Por cobardía. Y lo que es peor: ningún profesor, jefe de estudios, director, aún sabiéndolo, hizo nada por evitarlo. Nadie alzó la voz. Nadie habló con él ni por él. Quizá porque ellos mismos eran también blanco de las hirientes burlas de esos malolientes animales. Pero ya eran adultos. Y profesores. Y responsables. Nadie hizo nada. En este caso sólo deseó, cada día, no despertar. En otros muchos, esos niños hacen lo necesario para no volver a despertar. Evitemoslo entre todos. Es nuestra responsabilidad. Stop Bullying. STOP!

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