No cierres los ojos. No me prives de la luz turquesa que
desprenden al mirar. No me dejes a ciegas. Siempre fuiste mi guía. Mi faro en
las tormentas más oscuras y violentas, las interiores. No puedo perder tu
presencia, tu figura aurea en el cielo plomizo. Generosidad sin mesura, caricia
sanadora, libro abierto de amor y fuego. Tanta entrega no puede terminar así. A
ciegas.
Miro atrás, viajo por el cosmos de mi memoria hasta mi
infancia. No me busco. Sé dónde encontrarme: entre tus faldas. Jamás sentí
sensación de protección tan comparable. La felicidad era sentir tu contacto, tu
calor. Tu simple presencia. Esa que me resisto a perder.
No cierres los ojos. No lo hagas aún. Tengo que llevarte a
ver el mar, recuerdas? Tienes que impresionarte viendo romper las olas contra
la Escalerona. Quiero que te emociones divisando el soberbio y cálido paisaje
del mar fundiéndose con el cielo en Cimadevilla. Has de relajarte paseando
entre tus frutales en flor, parándote a mirar cada brote nuevo, cada centímetro
que han crecido tus pinos, cada vaina de garbanzos a punto de reventar. Todavía
tienes que sentir la cálida caricia de los rayos del tibio sol de primavera en
tu piel de satén, durante mucho tiempo. Por mucho tiempo.
No me
cierres los ojos. Prometo estar a tu lado, ayudarte a caminar, ser esta vez tu
guía. Pero no me cierres los ojos. No me dejes a oscuras. No quiero verte
sufrir. No quiero que te marchites como una uva pasa –esas que tanto te gustan-
hasta secarte. Quédate aquí y lucha, si es menester. Pero no me cierres los
ojos. No es tu tiempo. No estoy preparado. No estoy preparado…
No hay comentarios:
Publicar un comentario