11 mayo 2020

Anónimo Veneciano. Drama Romántico para fagot y orquesta en tres movimientos y varios epílogos

Preámbulo.

Allí estaba, a lo lejos. De pie en el cochambroso muelle. Todo en Venecia parecía viejo... el muelle, el agua, los palacios, las húmedas callejuelas empedradas... Todo, absolutamente todo, era una extraña y entrañable metáfora. Y allí estaba ella. Con su pelo de color moreno-cobrizo-anaranjado-chocolateado que él nunca supo definir. Sólo sabía que era largo, muy largo. Demasiado. Ni eso pudo conseguir de ella, pensaba. Aún cuando a veces le hubo pretendido sorprender con un corte sustancial y "radical" que a ella siempre le pareció excesivo. A él, escaso. Metáfora tras metáfora.


Allí estaba, a lo lejos. Con su largo pelo de color indefinible jugando con la corriente que las bocacalles y el propio muelle creaba y que, en singular simbiosis, aunaba frescura y pestilencia. Metáforas... metáforas...
La reconoció enseguida: pequeña pero altiva, diminuta aunque esbelta, de pelo de color indefinible pero... preciosa. No fue hasta casi amarrar, sin embargo, que apreció sus rasgos. El tiempo había pasado por ella como pasa la historia por los muros de Nôtre Dame, quemada, destruida pero renacida, aún más bella. Más que antaño, más que a su lado. Brillaba, a pesar de su rictus atenazado por los nervios y ese sentimiento de "qué-coño-hago-yo-aquí". Brillaba, a través de una sonrisa forzada. Brillaba, más que él, por quien los años habían pasado como el viento de poniente sobre las playas de Tarifa. Revolviéndolo todo. Llevándose los últimos granos de arena de madurez y abriendo la puerta a la inexorable vejez. Por dentro. Al menos, aún tenía pelo...

Agarrado a la baranda, con su porte de seguridad impostada, descendió hasta pisar tierra, sintiéndose desagradablemente torpe. Se acercó con fingida decisión a tiempo de andantino y el corazón presto agitato. Metros antes, sintió lo que presentía: su energía, su torbellino de sensaciones entremezcladas y re-batidas. Paró a escasos centímetros. La miró lento, a través de sus gafas de sol. Escudriñó oculto tras los cristales, intentando leer algo distinto a lo que percibía, le atravesaba, revolvía su interior. Apenas pudo. Así que, frente a ella, en silencio, simplemente... sonrió.

-Perdone... Enrico no tocaba el oboe?
+Quién es Enrico?

P.D. El fagot es el gran olvidado de las orquestas. El paria. El marginado, a la sombra siempre del oboe, incluso del clarinete. Reivindico el protagonismo de la excelencia minoritaria. Siempre. Ya.

Metáforas...

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