22 septiembre 2020

Otoño, dentro


22 de septiembre. En esta delirante realidad que sufrimos día a día, el Otoño parece el único capaz de mantenerse cuerdo. Y  coherente. Apenas comienza, y las más tempranas horas de la mañana ya se empapan con las primeras nieblas. Reconfortantes, para las almas tristes.

A menudo, en los momentos de oscuridad emocional, el corazón no necesita revestirse de bonitas mentiras, de palabras de ánimo, de empujoncitos en la espalda. Simplemente añora alguien que le escuche, que le comprenda, que no se empeñe en anudarle una maroma y tirar de su testuz. Comprensión y empatía. Nada más. Por eso, aunque parezca contradictorio, la niebla, la lluvia, el silencio, son a menudo la medicina que necesita el alma en los momentos duros. Compañeros armónicos con la entropía emocional. Oídos que escuchan y entienden. Y callan. Simplemente.

Volverán las hojas secas a alfombrar los empedrados de mi ciudad, las riberas del río, los bosques en su impúdica desnudez. Volverán a crujir bajo nuestros pasos, y sólo algunos sabremos apreciar su melodía. Volverán las calles, los parques, los jardines a abrigarse bajo la paleta de decenas de ocres, a llorar sus últimos brotes de savia. Y sólo algunos sabremos apreciar su poesía. Volverán los tonos azul oscuro y grises a decirnos que entre el cielo y el suelo hay mucho más arte que en el interior de tantos y tantos. Y sólo algunos sabremos embriagarnos con su belleza. Volverán las lágrimas del éter a llenar de verde los campos y de melancolía las ciudades, y sólo algunos detendremos nuestro andar para que la lluvia nos cale hasta los sesos y se mezcle con la nuestra.

Bienvenido, dulce Otoño. Mientras la gente se marchita con tu presencia, yo vuelvo a renacer. Y sigo esperando.

Otoño...


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