Pero el poder de la música va más allá. Más allá de la catarsis, de la palmadita en la espalda, del empujón hacia arriba, en función de quién y cómo legítimamente la utilice. La música puede también utilizarte a ti. Ser ella quien tome las riendas, quien provoque sensaciones, estados, sentimientos. Como todo arte. Esa es su magia. Su razón de ser. En este caso el proceso es el opuesto. No acompaña en tu estado anímico, sino que lo provoca.
Quise hacer este experimento con mis hijos. Nos sentamos los tres en el sofá, en penumbra, con los ojos cerrados. Respiramos profundo, pusimos la mente en blanco, y simplemente escuchamos este tema. Procurando no intoxicar nuestro cerebro. Dejando de lado imágenes o estados previos. Simplemente escuchar, dejar que nos atravesaran las ondas en armónica y mágica frecuencia, como lo hacen a diario las de la radio, electrodomésticos, móviles… Pero atravesándonos el corazón y no el cerebro. Después, tras tomar –o retomar- aire, lentamente, cada uno a su ritmo, cuando pudo y como pudo, fuimos poniendo en común lo que la pieza nos sugirió. Lo que nos vino a la mente. Las sensaciones de nuestra alma. Las imágenes, vivencias, paisajes, sensaciones.
Fue interesante, como cabía esperar. No voy a contar aquí quién sintió qué ni cómo. Pero entre los tres vivimos toda clase de estados, comunes, distintos, complementarios. Un paisaje en la naturaleza bucólica y apacible; recuerdos de las noches de verano en el pueblo sentados de madrugada en la finca observando las estrellas y escuchando su música; los amigos en verano; el amor imposible que mata y muere, o casi; la soledad; un desván desnudo y oscuro y una figura mirando quieta a través de la ventana, triste; una sombra que salta desde la azotea y se precipita lenta y plácidamente hasta el suelo. Ganas de llorar. La soledad, una vez más…
Invito a que todo el mundo lo lleve a la práctica. Sólo, o en compañía. Experimentar la música. Sentirnos mal saliendo de nuestro caparazón, y sentirnos a la vez liberados porque por fin algo consigue que salgamos de él. Encogernos por el miedo y el desamparo que ello provoca. Tener el valor de sentirnos vulnerables, aún estando solos, y purgar la oscuridad que a menudo llevamos dentro, a través de lágrimas negras. Y descansar después, al fin. Y, si eres de los que tienes la suerte de ser feliz de cualquier modo, o de los que lo dicen, sencillamente experimenta la magia de que algo superior a ti te haga emocionar. Merece la pena.

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