Dame la mano.
No me dejes solo en este oscuro camino que va llegando a su fin. Que la luz de las primeras horas de la mañana no me encuentre solo, desnudo entre mis frias sábanas, enfrentándome a la cruenta batalla de afrontar un nuevo día.
Ven. Dame la mano. En este claroscuro donde dominan los grises de la penumbra sobre los brillos de las farolas, no me dejes solo. Llueve fuera y mis zapatos están podridos de pisar tanto charco emocional. Abrázame. Seca mi pelo con el tuyo. Seca mi piel con tu cuerpo, mis ojos con tus manos, mi alma con tus besos.
Ven.
Dame la mano.
No me dejes solo en este empedregado camino que va llegando a su fin. No permitas que la débil luz del ocaso me encuentre solo, desnudo en mi cama, esperando un final que acecha y no acaba de llegar. Recuesta tu cabeza sobre mi pecho. Que alimente mi espíritu el eco de tu corazón. Que mi piel se tranquilice con tu tacto. Que seas tú lo último que mis manos toquen. Que la oscuridad eterna me encuentre dormido, con tu peso sobre mi cuerpo, con tu respiración fundida con la mía.
Ven. Dame la mano. Y si la vida aún tiene a bien regalarme un mínimo aliento, que sea el tuyo a través de mi boca. Déjame disfrutar de los pequeños retales de felicidad que puedan aún rozarme entrelazado entre tus dedos. Déjame cobijarte bajo mi hombro, mientras avanzamos hacia donde el destino nos lleve. Déjame abrazarte en tus malos momentos. Déjame enseñarte lo poco que sepa, acariciarte cada día, secar tus lágrimas con mis dedos. Cerrar tus ojos con mis labios cada noche e inducirte el sueño.
Ven.
Dame la mano. Hace frío ahí fuera.
Hace frío dentro.
Nadie debería morir solo...

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