29 noviembre 2020

En una hora

Son tan importantes las palabras... 

Palabras... ecos de voz que se distorsionan con el tiempo y se convierten en puñales o caricias, bofetadas o sonrisas.Los recovecos de la memoria crean películas "basadas en hechos reales", pero nunca fieles a la verdad. En la balanza del recuerdo pueden más unas u otras, dependiendo de cómo haya acabado la historia. A veces no tienen nada que ver, porque el corazón finalmente manda, y lo que terminó gris oscuro se vuelve agradablemente marengo.

Siempre te querré... Nunca te olvidaré... No habrá nadie más...Nadie como tú... My Lord... Milady... A menos cuarto abajo...

A veces nos engañamos para bien. Aquel gesto no era de amor, sino de burla; lo que parecía ternura era compasión; determinadas virtudes tan sólo eran lobos con piel de carnero. Otras, al contrario. Su ira en realidad era dolor. La culpable no era ella, sino yo. Sus defectos no eran sino corderos con piel de lobo...

Así somos. No nos engañan: nos engañamos. A favor o en contra, para mal o para bien. Hay que sobrevivir. Y la paleta de colores de los sentimientos se recorre de arriba a abajo descubriendo tonos intermedios en cuestión de sorbos de nostalgia.

Al final quedan las imágenes, bañadas, protagonizadas, realzadas por las palabras. Y nada más. Nada más. 



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