31 diciembre 2022

Reflexiones de una mente cansada

 








A estas alturas de vida, ya habiendo superado con creces el ecuador, comienza la etapa de conclusiones. Cada cierre, de lo que sea, es un buen momento, y si no lo es lo mismo da. Llegan a la cena sin haber sido invitadas ni llamar a la puerta.

Ciertamente, si aún me queda mucho por aprender es que soy bastante más necio de lo que pienso. En ausencia de tal cualidad o intensidad, toca reflexionar sobre lo que ya sabía pero no tenía presente, o no quería tener. O, sencillamente, sobre lo que me ha abofeteado el rostro hasta dejármelo encarnado, de escozor o de vergüenza, lo mismo da.

En este año que se acaba (diría que por fin, pero nada indica que el que viene vaya a ser mejor), recordé, e incluso aprendí (de mí, de los demas):

Que el destino no existe. Sólo un cúmulo de casualidades sin causa. De causalidades nada casuales. 

Que alguna gente cambia a base de hostias, y no forzosamente -que también- para bien. Que algunos no lo hacen aún reventándose la cabeza contra el muro una y otra vez.

Que el orgullo y la soberbia van siempre de la mano, y forman un tándem que, por más que proteja en ocasiones, la mayor parte de las veces te lleva a la tumba con la cabeza muy alta y la vida muy baja.

Que mi realidad es correcta, pero no la única. Y que para cada cual, por increíble que resulte a veces, la suya también lo es. Correcta.

Que a menudo se escucha para contestar, no para comprender. Y así va todo.

Que no se puede forzar a nadie a que te quiera. Que, aún queriéndote, no se puede forzar a nadie a que te acompañe, a que te soporte. A que le intereses. 

Que el amor (al otro) no lo puede todo. De hecho, no puede casi nada. Que a cada uno le sirve en la vida lo que le sirve, sea lo que sea. Y está bien.

Que cada cual es responsable de sus actos. Y de sus consecuencias. Y que quien no es capaz de ser consciente de los primeros, no entenderá nunca las segundas.

Que cuanto antes acepte que no sirve de nada seguir luchando, antes podré descansar. Que esta vez quiero y merezco que luchen por mí. Que luchar no es declarar la guerra y desertar ante las primeras bajas, sino perseverar e ir ganando batallas hasta conseguir la victoria final o, al menos, hasta que sólo quede en tu poder una bandera blanca.

Que hay gente que siente el puñetazo que recibe, pero no es consciente de las puñaladas que da.

Que el papel de víctima es sucio y arrugado, y la excusa perfecta para ser sucio y arrugado. 

Que a veces me lee quien menos espero, y quien menos deseo. En cualquier caso, un saludo. A ver si tomamos algo y hablamos de nuestras cosas.

Que nadie sabe el dolor que se oculta tras los gruesos muros de la torre. Nadie.

Que a veces la esperanza es lo primero que se debería perder.

Que a pesar de todo echo de menos el brillo negro de unos ojos. Y que soy estúpido por ello. Pero me encantaría verlos en mi puerta y leer a su través lo que hace tanto desapareció. Tanto, que casi lo olvidé.

Que -y esto es lo más importante que aprendí- tenemos que saber cuándo parar. Permitirnos ser débiles, llorar, descansar y no pensar. No regodearnos en el sufrimiento y la impotencia, en la tristeza y frustración. Y si no lo hacemos, o no es suficiente, o no sabemos hacerlo, tenemos que pedir ayuda. Porque de lo contrario, se puede caer en un pozo de paredes húmedas y lacerantes, del que no siempre es fácil salir.

Que la palabra clave de este año es: ACEPTAR.

Y muchas cosas más. Pero mi mente está cansada...

Feliz año. A todos.


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