24 enero 2022

Indiferencia

 

Un árbol necesita de agua en su frecuencia y cantidad adecuada. Cada uno la suya. Es una responsabilidad. Un compromiso. Por eso es fácil cansarse de él. En una situación así puedes cortarlo. Exige esfuerzo, trabajo. Tomarse la molestia. También puedes arrancarlo. Para ello es necesario más fuerza aún, mayor cansancio y desánimo.

Hay sin embargo otra forma más fácil aún de acabar con él. Más lenta, también. Pero mucho más cómoda y, a la larga, igual de efectiva: dejar de regarlo. Que la falta de alimento vaya secándole las entrañas desde dentro, y que empiece a manifestarlo desde fuera, en una muerte lenta y agónica.

Las palabras pueden hacer mucho daño. Los golpes, más aún. Pero hay una forma de herir mucho más dañina: la indiferencia. Hay gente experta en utilizarla. Lo hacen tan bien, la aplican tan a menudo que prácticamente la reinventan. La hacen suya. Se justifican con aquello de “la procesión va por dentro”… Sí. La de la Santa Compaña. Mejor no cruzarte con ella. Otras veces ponen como excusa la de protegerse. Protegerse de molinos de viento. Con la diferencia de que, en tan singular batalla, salen ellos ganadores, no como el pobre Alonso.

Protegerse… Ataque preventivo. A menudo, hace más daño el escudo que la espada.

Árbol sin agua, muerte anunciada. Aunque, a veces, las raíces crecen y buscan por doquier, hasta que finalmente encuentran un manantial bajo tierra…

No hay comentarios:

Publicar un comentario