Camino por la calle. Es una mañana cálida, no demasiado calurosa, pero en absoluto fría. Uno de los pocos días en los que puedo pasear tranquilamente y disfrutar de los detalles que te brinda la vida, si estás atento. Esta vez decido practicar el arte de la observación. Parece mentira lo que se aprende de todo lo que te rodea simplemente fijándote un poco.
La primera persona que me encuentro es una mujer. Rondará los cincuenta años. Pelo lacio, descuidado. Puntas abiertas y con restos de lo que en su día, hace meses, fue un tinte cobrizo. Camina, apurada, con prisa. En sus manos tres bolsas del mercadona que dejan ver algunas botellas, latas de conservas pugnando por romper el plástico y unos puerros. Deduzco que es zurda, pues lleva dos, las más grandes, en la mano izquierda. Su caminar tambaleante, rápido (sólo faltan las motitas de polvo saliendo de sus pies), desacompasado. Por último su mirada, perdida en su enfoque hacia delante, casi metafórica, como si no tuviera demasiada confianza, incrustada en un gesto serio, casi mueca, que dice a las claras que hoy tampoco tendrá la comida a tiempo; que hoy, de nuevo, no será un día maravilloso junto a su pareja. No es feliz.
Poso mis ojos en un hombre de edad avanzada. Impecable su traje gris, pelo corto canoso pero relativamente abundante y bien peinado. Podría perfectamente haber sido militar o maestro de antigua escuela. Su gesto no es duro. Sereno, más bien, acompañado por un caminar pausado pero firme, que encaja perfectamente con su expresión pensativa, profunda, intentando disimular –está acostumbrado- las preocupaciones que rondan por su cabeza. Quizá piensa en el mañana. En si habrá mañana para él. En lo que ha hecho y lo que le hubiera gustado hacer. Quizá haga balance de su vida, y le entristezca no cumplir objetivos. O puede que, simplemente, haya discutido con sus hijos, le duela la espalda o no le alcance la pensión. En cualquier caso... no es feliz. Quien puede serlo, sabiendo que la espada del jodido Damocles pesa sobre sus sienes? Estos griegos...
Un grupo de jubilados llama mi atención. Forman un grupito cerrado de tres. Comentan de fulanito, fíjate, recién jubilado, toda la vida trabajando y ahora que por fin puede disfrutar le da un infarto y cae redondo en la cama mientras su mujer sigue durmiendo sin enterarse de nada y anda que cuando despertó por la mañana y vaya trauma y ahora ella qué hace y esto no es justo y vaya mierda de vida y... las barbas a remojar. No son felices.
Vaya, por fin risas. Tres adolescentes de vaqueros caídos y miles de bolsillos dados de sí rodean en animal cortejo a una quinceañera con más sombra de ojos que ojos mismos, y con piercings en lugares inimaginables. Lo cual no impide que me imagine dónde más puede tener. No hay macho alfa. Los tres se disputan, entre gritos y groserías, los favores de la hembra que, lejos de ruborizarse o criticar su vulgar comportamiento, baja disimuladamente su pantalón dejando más a la vista el diminuto hilo de su tanga rojo y, “sin querer”, se frota contra cada uno de ellos mientras de su garganta sale algo así como una risa ronca. Le gusta el botellón y el tabaco. Sus cuerdas vocales –lo que queda de ellas- la delatan. Mientras las feromonas de los cuatro llegan a mi pituitaria, pienso: “bueno, al menos estos sí son felices”. Aunque... un momento: silencio. A ver sus caras ahora... aaajá. Ahí está. Cuando los efectos de las hormonas –cuanto más el alcohol o demás excitantes no naturales- terminan, cuando la conversación acaba, cuando no hay nada que decir o transmitir... queda la verdad. Y esa no miente, ni disimula. No sabe. Por definición.
Ya no quiero mirar más. Ya he tenido bastante por hoy. Bueno... una última vez. A ver, a ver... bien. Mujer. Posición social burguesa alta. Edad... cuarenta y muchos. Recién salida de su cita semanal con la peluquería. Gafas fashion. Botas fashion. Habla gesticulando sonriente por su móvil de última generación pero que muy fashion. Bolsas de ropa de establecimientos fashion. Arquetipo: separada, con trabajo a media jornada o sin él, con buena pensión del marido y los hijos fuera estudiando o ya colocados. Conozco a unas cuantas. Libre de cargas familiares, de cargas maritales, con la vida resulta y tiempo libre... si esto no es la felicidad, tiene que ser muy parecido. Sí, ya sé. La felicidad está en las pequeñas cosas y tal. Lo sé. Pero me gusta jugar, trivializar. Y... qué demonios: cuanta gente se cambiaría por ella! La observo mientras deja sus bolsas en el maletero y entra con sumo cuidado – el peinado, ojo- en su ford mondeo metalizado recién salido, por supuesto, del taller de limpieza. Ha dejado de hablar por teléfono. Me mira. Ya no sonríe. Tal vez sabe que la conozco. Aunque no la he visto nunca, la he visto cientos de veces. Sus ojos ocultos tras las enormes gafas no pueden decirme lo que el resto de su gesto me cuenta. Y ya sabéis lo que es.
Me voy para casa. Tal vez sea el signo de los tiempos que nos ha tocado vivir. Pero nadie parece ser feliz. Basta con una simple observación.
Hoy he decidido no mirarme al espejo. Es el signo de los tiempos.
La primera persona que me encuentro es una mujer. Rondará los cincuenta años. Pelo lacio, descuidado. Puntas abiertas y con restos de lo que en su día, hace meses, fue un tinte cobrizo. Camina, apurada, con prisa. En sus manos tres bolsas del mercadona que dejan ver algunas botellas, latas de conservas pugnando por romper el plástico y unos puerros. Deduzco que es zurda, pues lleva dos, las más grandes, en la mano izquierda. Su caminar tambaleante, rápido (sólo faltan las motitas de polvo saliendo de sus pies), desacompasado. Por último su mirada, perdida en su enfoque hacia delante, casi metafórica, como si no tuviera demasiada confianza, incrustada en un gesto serio, casi mueca, que dice a las claras que hoy tampoco tendrá la comida a tiempo; que hoy, de nuevo, no será un día maravilloso junto a su pareja. No es feliz.
Poso mis ojos en un hombre de edad avanzada. Impecable su traje gris, pelo corto canoso pero relativamente abundante y bien peinado. Podría perfectamente haber sido militar o maestro de antigua escuela. Su gesto no es duro. Sereno, más bien, acompañado por un caminar pausado pero firme, que encaja perfectamente con su expresión pensativa, profunda, intentando disimular –está acostumbrado- las preocupaciones que rondan por su cabeza. Quizá piensa en el mañana. En si habrá mañana para él. En lo que ha hecho y lo que le hubiera gustado hacer. Quizá haga balance de su vida, y le entristezca no cumplir objetivos. O puede que, simplemente, haya discutido con sus hijos, le duela la espalda o no le alcance la pensión. En cualquier caso... no es feliz. Quien puede serlo, sabiendo que la espada del jodido Damocles pesa sobre sus sienes? Estos griegos...
Un grupo de jubilados llama mi atención. Forman un grupito cerrado de tres. Comentan de fulanito, fíjate, recién jubilado, toda la vida trabajando y ahora que por fin puede disfrutar le da un infarto y cae redondo en la cama mientras su mujer sigue durmiendo sin enterarse de nada y anda que cuando despertó por la mañana y vaya trauma y ahora ella qué hace y esto no es justo y vaya mierda de vida y... las barbas a remojar. No son felices.
Vaya, por fin risas. Tres adolescentes de vaqueros caídos y miles de bolsillos dados de sí rodean en animal cortejo a una quinceañera con más sombra de ojos que ojos mismos, y con piercings en lugares inimaginables. Lo cual no impide que me imagine dónde más puede tener. No hay macho alfa. Los tres se disputan, entre gritos y groserías, los favores de la hembra que, lejos de ruborizarse o criticar su vulgar comportamiento, baja disimuladamente su pantalón dejando más a la vista el diminuto hilo de su tanga rojo y, “sin querer”, se frota contra cada uno de ellos mientras de su garganta sale algo así como una risa ronca. Le gusta el botellón y el tabaco. Sus cuerdas vocales –lo que queda de ellas- la delatan. Mientras las feromonas de los cuatro llegan a mi pituitaria, pienso: “bueno, al menos estos sí son felices”. Aunque... un momento: silencio. A ver sus caras ahora... aaajá. Ahí está. Cuando los efectos de las hormonas –cuanto más el alcohol o demás excitantes no naturales- terminan, cuando la conversación acaba, cuando no hay nada que decir o transmitir... queda la verdad. Y esa no miente, ni disimula. No sabe. Por definición.
Ya no quiero mirar más. Ya he tenido bastante por hoy. Bueno... una última vez. A ver, a ver... bien. Mujer. Posición social burguesa alta. Edad... cuarenta y muchos. Recién salida de su cita semanal con la peluquería. Gafas fashion. Botas fashion. Habla gesticulando sonriente por su móvil de última generación pero que muy fashion. Bolsas de ropa de establecimientos fashion. Arquetipo: separada, con trabajo a media jornada o sin él, con buena pensión del marido y los hijos fuera estudiando o ya colocados. Conozco a unas cuantas. Libre de cargas familiares, de cargas maritales, con la vida resulta y tiempo libre... si esto no es la felicidad, tiene que ser muy parecido. Sí, ya sé. La felicidad está en las pequeñas cosas y tal. Lo sé. Pero me gusta jugar, trivializar. Y... qué demonios: cuanta gente se cambiaría por ella! La observo mientras deja sus bolsas en el maletero y entra con sumo cuidado – el peinado, ojo- en su ford mondeo metalizado recién salido, por supuesto, del taller de limpieza. Ha dejado de hablar por teléfono. Me mira. Ya no sonríe. Tal vez sabe que la conozco. Aunque no la he visto nunca, la he visto cientos de veces. Sus ojos ocultos tras las enormes gafas no pueden decirme lo que el resto de su gesto me cuenta. Y ya sabéis lo que es.
Me voy para casa. Tal vez sea el signo de los tiempos que nos ha tocado vivir. Pero nadie parece ser feliz. Basta con una simple observación.
Hoy he decidido no mirarme al espejo. Es el signo de los tiempos.
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