12 marzo 2009

Luces del puerto

Hay un pequeño rincón semioculto a los ojos del barrio, aunque perfectamente visible. Un lugar en el que, una vez que accedes a él con los sentidos despiertos -con el alma despierta- percibes cuan sonoros son los supuestos silencios de la noche. Un pequeño refugio de aire y espacio abierto, en el que te encuentras a solas contigo mismo. En él, el cerebro descansa, te das cuenta de lo mucho que lleva trabajando.

Suelo ir muchas noches, haga frío o templado. Allí, en medio de la nada, rodeado de oscuridad y acolchada ausencia de ruidos artificiales, floto en un limbo casi uterino. Las luces de la ciudad, débiles en el horizonte, se transfiguran en las candilejas del puerto de ese lugar costero en el que quiero acabar mis días, cuando toque. Un poco antes, a ser posible.

Algo me impulsa a correr. Inicio el movimiento despacio, un pie tras otro, timidamente. Mis piernas marcan el ritmo, siguiendo las ordenes del corazón más que del cerebro. Voy adquiriendo velocidad. Mis pasos se aceleran hasta comenzar una carrera cada vez mayor, cada vez más rápida, constante, como una huida. No soy yo. No pienso, sólo actúo. Mis pies se alejan progresivamente del suelo, reduciendo la superficie de apoyo con la tierra. El talón, la planta, los dedos... ahora. Ahora me lanzo en horizontal. Ahora mi cuerpo se eleva en el vacío, ahora la materia flota ingrávida en paralelo al desigual terreno parapetado por matojos y surcos de labranza. El viento -es curioso, no lo había percibido- no me corta. No me golpea. Me acaricia. Me acoge, me rodea. Me balancea y abriga en paternal y reconfortante abrazo. "No estás sólo. No temas. Estoy aquí".

Ya no soy. Ya me voy. Vuelo hacia las luces del puerto. Comienzo a percibir el olor a sal, las sirenas de los yates que llegan, el rumor de las olas al romper contra los muros del puerto. El aire adquiere matices húmedos, pegajosos. Y quiero llorar. Sí, llorar. Dos lágrimas pugnan por escaparse de mis ojos, con la perfecta excusa de la acción del aire sobre ellos. Y no sé si es de tristeza o de alegría. Pero bienvenidas sean. Bienvenidas por siempre. Bienvenidas.

Mi viaje por fin ha comenzado. Mi alma está en paz. En cálida y dulce paz. Y lo volverá a estar mañana, cuando regrese a mi sancta-sanctorum nocturno.

Hay un pequeño rincón... mi pequeño rincón....

4 comentarios:

  1. Que profundo! Cuanto sentimiento; pero a la vez cuanta melancolía o tal vez "tristeza disfrazada"
    Disfruto mucho leyendote, haces que algo dentro de mi se remueva.
    Balby

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  2. Gracias. Eres un encanto. Pero recuerda: las palabras, como los sonidos, por sí mismos no son nada si en frente no hay un lector, un receptor mínimamente sensible.

    Deep Peace, Balby.

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  3. Lugar grandioso... lleno de sentimiento!

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    Respuestas
    1. Así es, anónim@... así es... Un lugar para disfrutar en compañía. En LA compañía...

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