Pasaba todos los días por delante. Siempre a la misma hora. Como una letanía, como un oficio en fiesta de guardar. Al principio sólo una vez, por las mañanas. Más tarde añadió a su secreta pasión matutina un segundo momento de ilusión diario. El primero, a las 12 en punto, como marcando el momento en el que el día comenzaba a adquirir sentido, como un punto de inflexión a partir del cual, o más bien durante el que su vida significaba realmente eso: vida. El segundo, a las 07 de la tarde. Dos momentos de oración, dos instantes fugaces que adquirían importancia vital, como la pastilla que hacía que su corazón volviera a latir, por inercia más que nada, hasta el siguiente momento de gozo, de ilusión, de aliento. Aguardaba impaciente en las calles colindantes, para no llegar antes de tiempo. Una estupidez, ya que Ella no sabía -muy probablemente- ni siquiera de su existencia; pero era SU estupidez. Y era importante para él. Ya que no era feliz, al menos quería disfrutar de su metódica melancolía. Un minuto antes de la hora fijada, comenzaba a andar desde el principo de la calle Corrida. A escasos cincuenta metros se paraba, escudado entre la gente que observaba entretenida. Allí estaba Ella. Un auténtico ángel en la tierra. No sólo por sus alas de mariposa; tampoco por el color dorado ocre de su piel y sus ropajes. Sencillamente, su cara, pintada, semioculta, lo iluminaba todo. Como iluminó su alma cuando le regaló su sonrisa. Él se había acercado silenciosamente, tras observarla largo rato; al final había vencido su timidez, y mirando al suelo depositó con cuidado una moneda en ese pañuelo delicadamente adornado que acariciaba las baldosas. El ángel había comenzado a moverse; la bola de cristal que sostenía entre sus manos empezó a recorrerlas mágicamente, como si un hilo invisible la sostuviera y un fantasma juguetón lo moviera a su antojo a lo largo de sus dedos y sus brazos. Al final, él miró hacia arriba. Miró, y ella le sonrió. La mueca de dos pliegues de carne más preciosa jamas vista. Desde aquel día acudía fiel a su cita autoimpuesta, mañana y tarde. Se colocaba tras el gentío, como ahora, y la observaba apenas dos minutos. Después, se iba, entre satisfecho por haberla vuelto a ver, y frustrado porque Ella nunca más se hubiera percatado de su presencia.
Hasta aquel día. Eran las siete y dos minutos. Estaba a punto de comenzar a caminar Corrida arriba. Entonces sucedió algo: Ella le miró. Le miró, por fin, por encima de los chiquillos que eran su único público, por encima de las ramas tras las que tímidamente se ocultaba, por encima de dios y de los hombres. Fue un instante, nada más. Apenas nada más. Él bajó la mirada. Bajó la mirada y giró a izquierda. Bajó la mirada, giró a la izquierda y comenzó de nuevo a andar, sin poder ver cómo aquellos dos pliegues de carne volvieron a hacer la mueca más preciosa jamás vista por él.
Se fue. Se fue, sí. Y nunca más volvió.
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