Dos de la mañana.
Los grillos amenizan con cadencioso cantar la noche calurosa que resuda mi alma.
Oscuridad. Alguna luz de farola, no tan lejos ni cercana. Litros de alcohol y dos pastillas que prometen el encuentro con los dioses.
Morfeo sonríe, el brazo sobre el hombro de Baco. Se ríen. De mí, quizás.
Pero aquí les miro. A los ojos, bajo el cobijo de las ramas de ese arbol torcido que yo planté. Todo es paz, ahora. Quisiera dormir sobre esta silla de jardín y despertar a la hora ya de dormir.
Pero ahora soy feliz. Sólo, semilleno. Semivacío, tal vez. Con los pies acariciando la tierra y mi alma presta a volar, solitaria, como le tocó ser.
Noche... ¡Cómo te quiero!

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