13 julio 2022

Espejo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hoy me miré en el espejo. Lo hago todos los días. No me gustó lo que ví. Como todos los días. Hoy menos.

La imagen que me devolvió el cristal no se corresponde con la que miente a mi cerebro: alguien joven -aún-que se siente más jovén -aún- y luce -aún- más joven todavía. La cara que me miraba desde el otro lado era la de alguien cansado. Profundamente cansado. Envejecido. En poco más de un año la edad me ha atropellado, pasado por encima. 

No es sólo eso. Lo que me transmite mi yo simétrico no es edad. Esa ya la tenía. No es el paso del tiempo. Es el paso de la vida. En todos los sentidos.

Cada pelo blanco y cada vez más aislado es consecuencia de un día de preocupación, de una jornada de disquisiciones mentales, de intentar obrar milagros con manos de simple mortal. De devanarme el cerebro buscando soluciones pequeñas a problemas inmensos, soluciones inmensas a problemas pequeños... sin conseguirlo. Frustraciones en escala de grises.

Cada  matiz de color, cada milímetro de profundidad de mis ojeras son consecuencia de noches sin dormir, de días sin soñar, de sueños sin cumplir. Y de ganas, empero, de soñar.

Cada espacio de párpado retraído, cada pestaña desaparecida, cada terreno robado a mis otrora enormes ojos corresponde a litros de lágrimas generadas y no derramadas, podridas en su interior por no poder salir. Pero estar.

El brillo ausente en mis ojos, la mirada seca y perdida es la desesperanza con la que la vida a menudo te golpea, las ilusiones pateadas, los anhelos perdidos, los proyectos truncados, los sueños rotos.

Cada arruga, cada centímetro flácido de mi piel es una carretera secundaria por la que se deslizan mis emociones, mi tristeza, mi dolor. Mis besos contenidos, mis abrazos no entregados, mis caricias marchitadas en el cajón del desamor.

No, no me gusta verme. No me gusta lo que veo. Pero estoy orgulloso de ello. Porque significa que, a pesar de todos los golpes, todo el sufrimiento, desengaños, jirones de corazón... sigo aquí. En pie. Aún. Y mi rostro, ahora mismo, lleva escrita mi historia. A fuego. Y no me arrepiento de haberla vivido.

  

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