19 noviembre 2019

On Line


A veces se conecta un segundo. A veces una vida de infinidad de ellos. Abre, cierra, enciende, apaga, sólo con el pueril ánimo de verla conectada. Entonces, como un niño escondido tras la esquina, esperando que pase su adorada por el otro lado de la vega, permanece con el chat abierto hasta verla desaparecer. Y se va a casa con el desconsuelo de no haberla mirado a los ojos y la emoción de su presencia, fugaz e inconsistente, llenando de brisa perfumada de manzana verde el portal de su hogar.

A veces se conecta un segundo. A veces infinidad de ellos, toda una vida. Y se queda agazapado, como un niño escondido tras su árbol favorito en el camino de vuelta de la escuela, observándola en línea en la pantalla. Y se va, y vuelve, y enciende y apaga y abre y cierra. A veces comienza a escribir un saludo de bienvenida, y no lo envía por coherencia. A veces le cuenta una anécdota, un malestar, una vivencia, como quien le habla a Dios sabiendo de las interferencias. Y no lo envía. Y lo cierra. Como un niño que furtivamente escribe una nota en una cuartilla sin firmar y la deja en su pupitre -en el de ella- y antes de que vuelva del recreo vuela nervioso y angustiado hasta su mesa para ver si la ha leído, con el ánimo cobarde de romperla y salvaguardar su dignidad maltrecha.

A veces se conecta. Se conecta un segundo y piensa... si acaso, como él, estará haciendo lo mismo. Ella.

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