21 septiembre 2014

Nevermore

Un día más. Levantarse con desgana. Mirarse al espejo y no reconocer al infraser de enfrente. Asearse, desayunar, vestirse sin esmero -total...-, montar en el coche y arrancar. Tomar aire y comenzar a andar. Llegar a destino y tardar en apagar el motor, apurando los últimos segundos de ficticia libertad. Sentarse en el giratorio -jodida paradoja- sillón, encender el ordenador y permanecer con la mirada perdida ante la pantalla hasta que una foto me hace sonreír. Desperdiciar cinco horas de mi vida deseando que pasen cuanto antes. Engañando, mintiendo, perpetrando, fingiendo, defraudando por decreto. Aguantando, mordiendo -a veces, sólo a veces- las palabras para no sacar a pasear el látigo de la verdad. Hora y media para comer, dormir y tomar aire, de nuevo, para afrontar otras cuatro, cinco, seis horas de engaños, mentiras, atentados, disimulos, decretazos. Deseando que pasen cuanto antes.

Volver a casa, emocional, física, mentalmente derrotado. Dejar pasar el tiempo con la cabeza en blanco para no errar pensando en lo que se ha convertido el día a día, año a año, muerte a muerte. Ciento veinte horas perdidas de mi vida deseando que llegue el fin de semana para vegetar, procurando de nuevo... no pensar. Acostarse el domingo con el alma por los sueños sin ánimo para afrontar el desperdicio de otras ciento veinte horas de mi vida tiradas a la basura. No quedan tantas. Afortunadamente, el fin de semana es distinto. Las escasas treinta y tres horas con ellos me hacen sentir vivo, por primera vez en catorce días. Con las pilas recargadas afronto otros catorce de anodina languidez existencial, mientras me pregunto si esta vez llegaré a fin de mes; si esta vez llegará el fin de mes...

La insulsa rutina, el vacío sin futuro en que se ha convertido mi paso por este plano planísimo, puede ser aún peor. Puede convertirse en un tormento si libero la mente de la jaula gaseada en la que voluntariamente la he encerrado. Puede llegar a ser una lucha despiadada contra un precipicio de riscos puntiagudos y rocas resbaladizas, frente al cual sólo puedo desmembrarme por dentro y fuera. 

La clave de la subsistencia, del progreso de las especies, es la adaptación. No dejo de pensar, ni de luchar, ni de sentir ante todo lo que me toca y atraviesa. Pero no dejo que me torture, que me mate, que me reviente e implosione. Controlo mi mente, me muestro frío, distante, impertérrito. No permito que me haga daño, no demasiado. Y cuando surja la oportunidad, saltaré a la yugular de la vida, y beberé su sangre, hálito basal cuya ausencia he aprendido a sobrellevar.

Vuelvo a mirarme al espejo. No sé quién eres, extraño aséptico. Indolente. Pasivo luchador estratega. No eres yo. No me gustas. No soporto tu inteligente táctica de supervivencia. Por eso a veces, cuando nadie me ve, mientras me miro en ese cóncavo espejo valleinclanesco, me pongo la peluca; cojo mis pinturas y me maquillo la cara de blanco, las ojeras y voceras de negro. La mirada y la sonrisa, entre melancólicas y perversas. Me calzo mis botas y me tapo los rotos de mi camiseta negra con cinta aislante. Y salgo a la calle a pasear mi yo reprimido. Y siento, hasta doler. Y sufro, hasta disfrutar. Y grito, hasta enmudecer. Y lloro, hasta reir. Y, por el camino, mis balas atraviesan a todo miserable que se cruza en mi camino, hasta terminar reventando mi propia sien. Nevermore.

Un día mas me levanto con desgana, tras acostarme... vivo.

4 comentarios:

  1. Creo que, por desgarrador, fabuloso!
    Una mezcla perfecta, entre E.A. Poe y F. de Goya en su época negra, que estremece y eriza la piel.
    Un relato duro, triste, angustioso pero... sentimiento a flor de piel!
    El fin del mes llegará... todo llega!

    ResponderEliminar
  2. Creo que eres muy exagerad@ en tu alabanza, Anónimo. En cualquier caso, me alegro si eso es lo que te ha parecido. Yo simplemente diría que es... un grito. Uno más. Gracias...

    ResponderEliminar
  3. Somos pura energía, que atrae y repele ya sea bueno o malo. Ni tus sentimientos ni tu actitud son los más adecuados para que esa energía sea positiva ni para ti ni para los que te rodean. Debes cambiar ese chip que hace que veas todo tan feo, empezar por tu interior y remover todo lo que te ha hecho y hace ser, pensar y actuar como lo haces.
    Me encanta tu forma de escribir, de llegar a mí a través de tus palabras (te sigo desde hace tiempo), pero se ha ido oscureciendo…
    Con todo mi cariño.

    ResponderEliminar
  4. Gracias por tus palabras, Anónimo. Mis escritos son catárticos. La forma de sentir lo que expreso no es permanente, y de hecho hago mención a mi lucha por cambiar las cosas, y por superar ese estado interior que me asola a veces. Pero la realidad es la que es, y aunque quieras cambiarla no puedes. La actitud positiva no va a lograrlo. Así que hay que apechugar, luchar -con sus frustraciones inherentes- y vegetar emocionalmente ante tales situaciones, para que no te destruyan. Y, de vez en cuando... volver a ser quien era, para que no se me olvide.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar