31 marzo 2014

Nueve años

Nueve años atrás. Un frío quirófano de hospital apátrida. Dos almas brillantes luchan en direcciones opuestas. Una tiene prisa. Su curiosidad sólo es comparable con su impaciencia. Lo quiere todo, lo quiere ya. Marcando ritmo, territorio, futuro. Carácter. El otro alma va por libre. No tiene prisa. No sigue los convencionalismos ni las pautas de nadie. Aprovecha la ocasión, tranquilo, feliz. Para qué correr... Ah! Por fin estiro las piernas... Voy a cambiar de postura, estoy harto de ir de cabeza! No te queda nada, criaturita... El primero sale, inesperado, impetuoso. Fuera le aguarda su padre, envuelto en una extraña sensación mixta de miedo y felicidad. Una bata verde con mascarilla levanta el pulgar: todo bien. A lavarse, pequeñín. Son las doce menos cuarto de la noche. La mitad del camino está recorrido.

Ha sido muy sencillo. Demasiado. Algo pasa con el segundo. El señor con bata verde y mascarilla decide que hay que esperar. Parece que se ha tumbado. A estas alturas no es cuestión de abrir nuevas puertas. Las mentes pensantes dicen que la naturaleza seguirá su curso. Pero no. Parece que no son horas de trabajar. Si alguien quiere algo, va a tener que currárselo. La madre natura está fuera de servicio hasta las ocho. La espera se hace interminable. El tiempo juega en contra. Dentro ya no se puede estar. La cómoda cama se va tornando en frío lecho de muerte: hay que intervenir. Pero el pequeñín no quiere despertar. Agotado, se acurruca en un rincón mientras languidece hacia la nada. Unos guantes de maloliente látex le buscan, le palpan. Finalmente agarrar sus piernecitas y le arrastran desde la muerte dulce hacia la muerte agónica. Es la una y media de la madrugada. Ya está fuera. Su madre no se atreve a mirar. Su padre, sí. No se ha perdido detalle de nada. Palpitando encabritado, su corazón se encoje mientras busca al pequeño. Sólo ve una masa informe recubierta de viscosidad blanca. Algo va mal. Lo presiente. Lo constata: el niño no respira. No responde a las palmadas. Envolviéndolo en una sabanita tres batas verdes, más jóvenes que la primera, salen corriendo hasta una sala contigua. No se oyen llantos. Sólo silencio y murmullos. En el quirófano se contiene la respiración. Más de veinte segundos después, parece oírse un leve quejido. Casi a continuación, un ruido de insoportables pitidos acompaña a cuatro o cinco batas verdes que salen corriendo hacia el pasillo exterior, portando una urna de cristal con ruedas y luces parpadeantes que se dirigen a la planta de neonatología. El padre sale del quirófano inmediatamente detrás, hasta que la urna de cristal con ruedas, sin dejar de parpadear macabras luces multicolores y pitidos funestos, rodeada de multitud de batas verdes, desaparece tras las puertas de un ascensor. En el pasillo, los familiares están casi tan desencajados como él. Les mira levemente. Todo saldrá bien, les calma. Vuelve al quirófano, al lado de la madre. Todo saldrá bien, la calma. Sale de nuevo al pasillo. Busca con quién hablar, a quién preguntar. Un pijama blanco se dirige finalmente a él. Quiere verlos. No está permitido, no es el protocolo. Da igual. Ha de verlos. Los ha de ver.

El pijama blanco le acompaña al ascensor y le introduce en una sala en penumbra, llena de urnas de cristal más grandes que la primera. Lucecitas de colores, pitidos, pequeños bultos moviéndose en sus interiores. El pijama blanco le conduce hacia la mitad de la sala. Giran hacia la izquierda. Contra la ventana de visitas, están los dos bebecitos. A la derecha, el mayor. El más inquieto. El más fuerte y osado. Lleva unas gafitas de gasa para proteger sus diminutos ojos de la tenue pero agresiva luz. De su nariz salen unos tubitos que abren sus vías respiratorias. En su boca, otro tubo le llega al estómago. Un par de agujas en pies y manos. Sensores conectados a varias máquinas. Bienvenido, pequeño. Este es el mundo que tanto querías ver. Parece que está bien, no obstante. Su cabeza y cuerpo, en desperezada y retorcida postura, ya han adoptado un hábito de extraña comodidad que aún hoy mantiene cuando duerme. Con seis meses y medio, y ya marcando pautas. Qué carácter, pequeñín. Qué personalidad...

A continuación, el otro colibrí. Menos de kilo y medio más lleno de cambalaches que su hermano: vías en cabeza y mayor monitorización no son presagio de nada bueno. Pero, a pesar de tanto doloroso aparataje, y aún a medio hacer, es precioso. Como su hermano. El padre se queda en silencio mirándolos, admirándolos. Ya están aquí. Ya pasó lo peor. Ya no hay qué temer. Qué es eso? Por qué tiene las piernas negras? Eso mañana ya no está, verdad? El pijama blanco le explica que la bata verde con guantes de látex tuvo que agarrarle de su frágiles piernecitas y literalmente arrastrarle fuera de su madre. Sus extremidades inferiores sufren un derrame severo. Bueno, pero no pasa nada. Sobrevivirán. Son unos campeones. ¿Verdad, doctor? El padre busca, necesita una palabra de aliento. Lleva veinticuatro horas sin dormir, se ha hecho cientos de kilómetros en ese intervalo de tiempo, ha estado trabajando hasta las nueve de la noche. Dígame algo bueno, doctor. Lo peor ya pasó, verdad? La gélida bata blanca le dice impertérrito que no se haga muchas ilusiones. Lo más probable es que el menor, y posiblemente el otro, no sobreviva. Le da 48 horas. Si sale adelante, seguramente tengan que amputarle las piernas. Y, si aún así uno y otro se empeñan en seguir aquí, tendrán problemas respiratorios, cardíacos, apneas, fallos internos... Gracias, doctor. Gracias por su tacto y su humanidad. Es justo lo que necesitaba oír, y como lo necesitaba. Al día siguiente acabará de rematar: deberían buscar un nombre enseguida para el pequeño. Si lo entierran tiene que aparecer en la partida de nacimiento y defunción...

Antes de abandonar la sala errático y con la mirada perdida, ha sacado el móvil. Está prohibido. Ha localizado el icono de la cámara fotográfica. Está prohib... Ha sacado una foto de sus dos hijos. Son preciosos. Y lo serán. Deben ser. Tienen que ser. El padre finalmente llega hasta la habitación en la que la madre yace agotada. Cómo están? Qué han dicho los médicos? Pregunta sin querer escuchar la respuesta... Están bien. Son preciosos. Todo saldrá bien. Todo saldrá bien... La madre nunca supo la verdad. Durante los primeros días, las primeras semanas, los primeros meses, se guardó para sí la preocupación, el miedo, la angustia. Algo, en el fondo, le hacía creer sus propias palabras: todo saldría bien. Por sus cojones que todo saldría bien. Desde ese momento, cada día fue a verles. Les miraba con dulzura infinita. Se acercaba a las urnas de cristal repletas de lucecitas y pitidos, y les decía en voz bajita, a través del hueco para introducir las manos: "Confío en vosotros, hijos míos. Papá confía en vosotros. Sed fuertes". Ellos escuchaban su voz y esbozaban una leve y simpática mueca a modo de sonrisa. A pesar de todo, él se sentía afortunado. Pudo velesr, tocar su piel, sentir sus deditos agarrando el suyo mucho antes de lo que cualquier otro padre...

 Pasaron seis meses. Seis preciosos y duros meses de desvelos, comidas, baños, limpieza. Seis meses haciendo guardias, dando de comer a los dos ocho veces al día -seis las hacía él, por comodidad de ella -pobre- y deseo propio. Seis meses durmiendo una hora entre toma y toma, preparando, dando, acostando, preparando, dando, acostando. Seis meses oído avizor para escuchar su respiración por las noches, levantándose para poner los dedos en sus pechitos y sentir cómo se llenaban de vida. Seis meses... Por fín había pasado lo peor. El agotador trabajo en la oficina y el gratificante -y agotador- cuidado en casa había merecido la pena. Seis meses en los que vivió por y para sus bebés, en los que su madre descansó -mucho- de su esfuerzo de llevarlos otros tantos pocos meses en su interior. Seis meses entre algodones los tres. La madre quiso pagárselo, como debe ser. Ahora que ya no le necesitaba, se lo agradeció. Se separó de él. Y le arrebató no ya el dinero, la casa y la autoestima, sino aquello por lo que vivía y sigue viviendo: sus hijos. Crueldad extrema. Karma... dónde estás?

Nueve años. Hoy, dentro de treinta minutos -y mañana hora y media después- mis bebecitos cumplen nueve grandes años. Y todo ha salido como esperaba. Están aquí. Enormes. Preciosos. Sanos. El mayor, un portento de fuerza y corpulencia. El pequeño esporádica abstracción y dulzura. Corre más que el otro. Correcaminos, le llamo cuando jugamos al fútbol. El despiadado hombre del pijama blanco se equivocó. O quizá no. Quizá fue la fuerza de la fe, la confianza incondicional, la que les dio energía y salud. Nueve años ya... Y un amor y una unión los tres, que vence el sufrimiento indecible de la distancia y la ausencia durante todo este tiempo. Sois lo mejor de mi vida, ahora y siempre. Feliz, muy feliz cumpleaños, hijos míos. Os ama... papá.

2 comentarios:

  1. Aliena Umbrae06 mayo, 2014 18:40

    No hay duda: de todas las entradas de tu blog, esta es la más conmovedora, probablemente la más hermosa.
    Felicidades por tus dos tesoros.
    Una vez me dijiste que el amor más puro es el que uno siente por sus hijos. No sabes cuántas veces me he acordado de tus palabras mientras miro a mi pequeña...
    PD: Qué terribe y duro tuvo que ser...

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  2. Cuánto tiempo, Aliena. Me alegra volver a verte por aquí. Gracias por tus palabras. Ahora que eres madre puedes alcanzar a comprender la profundidad de los sentimientos que suscitan esas criaturas que no son sólo seres humanos: son una extensión de tí mismo.
    PD: tanto, que nueve años después se me desgarra el alma cada vez que me obligan a dejarles...

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