28 enero 2009

Fui a los bosques...

Una vez más. Y van... no sé. No quiero saberlo. No quiero ser consciente de ello, pararme a pensar las causas, los motivos... sólo sé que me encuentro de nuevo donde tantas veces antes me he encontrado, donde tantas veces antes deseé, casi llegué a creer que no me volvería encontrar.

Hay cosas que, no por cotidianas, se hacen fáciles. Como las despedidas. No me acostumbro a decir “adiós”. No un “adiós, hasta luego”; ni siquiera un “adiós, hasta siempre”. El “adiós” definitivo, el punto y final a una relación, es algo que duele siempre, casi como la primera vez. Puede que incluso más. De una forma distinta, desde luego. Más reposada, más serena. Y por eso más trascendente. El quemazón intenso de las primeras relaciones fallidas en la adolescencia y aledaños es algo casi irracional, volcánico. Con la perspectiva del tiempo entiendes que es mejor así: lloras, gritas, odias, te desahogas con otro clavo y liberas tu alma, dejando espacio únicamente para los posos del recuerdo y algún que otro adagio con el que engrosar la sabiduría de bolsillo de cada uno. Lo que, en el fondo, va configurándote como persona, como quién eres. Cuando te haces “adulto”, cuando vives, cuando pasa el tiempo y maduras, los desamores, las rupturas, los fracasos se exteriorizan menos; no te escuecen tanto en el momento. Pero te hacen pensar. Más aún, calan en tu ánimo, en tus perspectivas, y te bañan de una tristeza que no es momentánea. Una tristeza que moja, que deja surcos en tus ojos, en tu ánimo. Y esos ya no desaparecen. Esos te acompañan siempre, y con cada nuevo “adiós” vas dejando parte de ti, porque también se van las esperanzas de un mañana estable, de una armonía vital, de una felicidad más allá de flashes de luz puntual. Es un futuro que se destroza, es un volver a empezar. Recomponer un puzzle que cada vez tiene las aristas más redondeadas, que cada vez encaja más holgado, que cada vez deja pasar más el aire entre las piezas... resfriando de por vida tu ser. Tu yo. Tu superyo. E, ineludible e injustamente, tu ello.

Hoy de nuevo digo “adiós”. Hoy intento dar definitivamente la espalda a otro amor, a otro gran amor. A otro proyecto de vida. Hoy digo “adiós” a su sonrisa; a su inquieto intelecto; a esa forma de entenderme y compartir algunas cosas, tan pequeñas, tan importantes; hoy digo “adiós” a sus pelotitas de ping pong; a su hermoso cuerpo; a esa complicidad tan única, tan dulce, tan intensa a la hora, a las horas de hacer el amor; digo “adiós” a su generosidad, a su bondad. Y digo “adiós” también a todo aquello que nos separa, que nos hace imposibles. Pero eso me duele menos. Me preocupa menos. Me consuela menos. Con ella se van los días que no vinieron, la casa que no tuvimos, los hijos que no compartimos. Se va una vida que no llegó. Decía Sabina, ese gran poeta urbano: “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Dicho queda.

Cuando las dudas, los momentos de reflexión post-traumática me llevan a asumir la realidad y buscar las causas, concluyo –tiempo ha que lo hice- que en buena medida soy yo el “culpable”. Que la balanza se inclina –no del todo, pero si algo más- hacia mi lado a la hora de encontrar motivos, fallos, errores. Y que muy probablemente viva solo –sin pareja estable, quiero decir- mi vida, mi ocaso. No habrá una mujer a mi lado que me tome la mano cuando llegue el fin de mis días. Y es triste, sí. Pero ese día sabré que mi corazón no ha estado vacío. He amado a muchas mujeres, a algunas muy intensamente. Y he sido amado por muchas mujeres, por algunas muy intensamente. He vivido –y espero vivir aún- la vida en un minuto. He sentido, gozado, sufrido en un instante más sensaciones, goces, tristezas de lo que muchos otros harán a lo largo de toda su existencia. Es mi forma de sentir. That’s the shape of my heart, que decía Sting. Y sé, por ello, que mi vida no ha sido en vano. Por ello, y por mis dos luceros que me guían en la oscuridad, que me dan fuerzas y excusas para seguir adelante, día tras día, hora tras hora. Segundo tras segundo.

“Fui a los bosques porque quería vivir a fondo y extraer todo el meollo a la vida. Olvidar todo lo que no fuera la vida, para no llegar a la muerte y descubrir que no había vivido”. (H.D. Thoreau)

2 comentarios:

  1. Vales mucho! Tu exterior atrae,pero es tu interior el que enamora. Ánimo que tu eres fuerte

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  2. Gracias. Tú también, D. Dancing

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